6 .EL DEPOSITO NÚMERO VEINTISIETE.
Recuerdo pensar en buscar a Trude y volver sobre el aire volado. Recuerdo una explosión de gozo indescriptible dentro de mí. Recuerdo la adrenalina dándome un chutazo tan bueno, que en algún momento, pese a hallarme en pleno vuelo, cerraba los ojos para saborearlo más intensamente. Recuerdo disfrutar de nuevo de las alturas y los rascacielos de Ciudad Thader sin estar huyendo. Recuerdo dar muchas vueltas y decidir buscar
Era la primera vez en toda la vida ( una vida que había pasado en un suspiro, como si no hubiese vivido, como si todos mis recuerdos se pudiesen resumir en dos frases ) en la que me daba absolutamente igual jugarme la posibilidad de otra generación. La consciencia de ello, el sabor tan duradero que dejaba en la boca, me supo a verdadera gloria, porque yo hasta ese día no supe que el peligro sabe bien. Y da razones. Y hace sentir que estas vivo.
Y no hay nada en este planeta mejor.
Sentir que estas vivo.
Desde siempre, en las unidades de formación, con los tutores, en los trabajos asignados según nuestras cualidades, nos enseñan que sólo el que lleve una vida justa y digna, el que acepte las normas, el que entienda que el Más Allá hace lo mejor por nosotros, conseguirá que sus genes den paso a otro generación . Mis tres generaciones servían para que en las unidades de formación me dijeran mil veces que debía sentirme orgulloso, que no era fácil tener tres generaciones, que en mi responsabilidad estaba el llegar a la cuarta.
Veintidós años de enseñanzas, discursos, educación y lecciones habían sido pulverizados por una huída en moto delta. Por un tele trasportarme con Gato. Por un haberlo dejado todo sin dudar.
El peligro sabe bien.
Porque después de tantas teorías, me sentía como si fuese la primera vez que estaba vivo.
Mientras encontraba el camino entre las nubes de la mañana helada, el recuerdo de Cobalto estuvo de nuevo entre mis pensamientos.
¿ Donde estaría ahora? ¿Sería ya demasiado tarde para librarlo de una reprogramación? De hecho……¿ Estaría vivo?
Paciencia.
En las primeras visitas que tuve con Cobalto, fue su palabra favorita. Yo venía de una amonestación en la unidad de formación y mi segundo tutor en dos años me dio por perdido, así que como último recurso, me pasaron con él, experto en casos difíciles.
Tuvo tanta paciencia que lo mínimo era buscarlo, saber de él. Pero si todo eso lo tenía tan claro…..¿ Por qué debía esforzarme en recordar su cara? ¿ Por qué , sin quererlo, como de improviso y a traición, me aparecía el rostro de Gato a cada intento de justificarme a mí mismo que estaba allí, subido a la moto delta y volando sobre el cielo de Ciudad Thader por Cobalto? ¿ Y por qué , pese a sus desplantes, a qué sus palabras eran peor que bofetadas , tenía tantas ganas de volver a ver a Gato para saber que estaba bien y que no le había pasado nada? Y lo más duro de reconocer: me moría por tenerlo cerca, por volver a aspirar su olor a canela ahumada, por sentirme de nuevo estrechado entre sus brazos.
Tan rosa y almibarado que sólo podía ser un sentimiento real.
En esos pensamientos como remolinos estaba cuando planee por fin sobre
La luz de la mañana daba al lugar un aspecto de plantación colosal . Rodeando todo el perímetro antes de llegar hasta ellos, y de torres de detección controlaban un sitio fundamental para los del Más Allá, porque en Ciudad Thader hasta los más tontos saben que tener el agua es tener el poder.
Supuse que a esa altura sería indetectable, pero quizás eso era mucha suposición. Reconocer el número de los depósitos fue fácil; estaban marcados a tamaño gigante y desde arriba se podían distinguir perfectamente. El uno, el dos, el tres….
Descubrí el deposito número veintisiete desde tan lejos, que me dio tiempo a pensar en cómo demonios se entraría, en cómo me localizarían, en lo que iba a encontrarme al aterrizar. Hasta que casi estaba encima. Entonces la moto delta se volvió incontrolable por mis pensamientos y tomó rumbo propio. Reconozco que me asusté, pensé que estaba perdido, que los del Más Allá me habían encontrado, mientras la moto bajaba hacia el deposito veintisiete, cada vez más descomunal, un tamaño que no parecía hecho por humanos cuanto más cerca estaba de él. Tanto, que lo que parecía una pequeña mota de polvo manchando la gigantesca esfera blanca , al ir recorriendo kilómetros, se fue convirtiendo en un hueco rectangular por donde fácilmente podría entrar una aeronave de tamaño medio.
Nos fuimos acercando hasta que la motodelta entró en la oscuridad. Durante unos minutos intercambiables por horas no vi absolutamente nada, y me temí (de nuevo) lo peor, así que sólo me quedaba agarrarme fuerte y apretar bien las piernas.
Como si nos metiéramos en un amanecer, fue llegando luz, al principio muy leve, luego cada vez más, y entonces pude distinguir que estaba dentro de una pista tubular , rodeado de lo que casi parecía el rompecabezas de una ciudad. Edificios, luces, estructuras, formas de ciudad, pero nada en su justo sitio, nada como debería ser si fuese una ciudad. Pistas de traslado que no llevaban a ningún sitio, edificios de cristal truncados, penumbras y fogonazos, como si los constructores de semejante sitio dispusiesen de material escaso y tuvieran que desconstruir lo construido para poder volver a construir
No salía de mi asombro.
En la zona de aterrizaje ya pude distinguir a gente ensimismada en sus trasiegos y ocupaciones, y entre ellos, alguien que emitía destellos de luz roja con los que parecía estar pilotando mi motodelta desde tierra. La moto aceleró hasta que llegamos al final de una amplia explanada rodeada de almacenes de campaña, todo hecho un desastre, ajado, defectuoso, viejo. Muchas luces no funcionaban y otras parpadeaban sin energía donde por fin se detuvo, y pude ver que era Trude la que había manejado la moto y se acercaba hacia mí, tirando al suelo el aparato de destellos. Sin quitarme el casco ni la ropa salté hacia ella , que me miraba sonriente enmarcada en un pelo anaranjado con chispazos rojos .
Apenas se escuchó su“ ¿ Qué tal? “ entre mis gritos de alegría “¡¡¡ He acabado con uno!!! ¡¡ He acabado con uno !!!” era lo único capaz de expresar, de manera tan incontrolable, que hasta conseguí que Trude me acompañara en los saltos y en las risas.
Hasta que me acordé de Gato, entonces paré en seco y pregunté por él. “No te preocupes; sabe cuidarse muy bien; siempre sale de todas. Ahora tenemos que irnos”.
Sin apenas dejarme tiempo a que me quitase el equipamiento, tiró de mi brazo azuzándome de nuevo con prisas, y yo ya me estaba cansando de no enterarme de nada; necesitaba sentarme, tomar aire relajadamente, y sobre todo, hacer preguntas, muchas preguntas sobre la mayoría de cosas que me habían ocurrido en las últimas cuarenta y ocho horas y todavía no comprendía. .
“¿¿¿ Cómo habéis conseguido esconderos aquí sin que os descubran???” acerté a preguntar.
“¿ Todavía crees que los del Más Allá saben fabricar agua?” – ( para ella todo parecía siempre tan claro..)- Estos depósitos son una farsa y nosotros nos aprovechamos de su mentira”.
Trude no me dio tregua; tiró de mi hacia uno de los numerosos túneles que salían de la explanada, abriéndose en abanico en distintas direcciones. Nosotros tomamos uno a la izquierda oscuro, negrísimo, mientras una corriente de aire nos empujaba hacia él y convertía a Trude en un ser salvajemente bello, envuelta en una llama amarilla que le envolvía el rostro, los hombros, su presencia musical , su único pecho….
Porque Trude sólo tenía un pecho.
Más tarde me confesaría entre risas ( lo concerniente a su vida siempre era contado entre risas)que pertenecía a la hermandad de Amazonas, en la que prometían mantenerse siempre vírgenes y como prueba de compromiso, la demostración de que el deseo para ellas no sería importante (a partir de ese momento ) les hacían cortarse un pecho.

El túnel era oscurísimo hasta que pusimos un pie dentro, y entonces se produjo la maravilla. Fue como mágico, especial. Ya sé, ya sé…Era simple tecnología, pero tannnnn bonita . A cada uno de nuestros pasos se iluminaba una luz y se apagaba la del paso de atrás, dejando a la vista las delicadísimas paredes de cristal de lo que antes parecía un largo pozo en horizontal y ahora se había convertido en la biblioteca más bonita que jamás había visto.
Los libros llevaban prohibidos varias generaciones con la excusa de proteger el medio ambiente (Ja!), aunque no era raro encontrar en el mercado negro, y conseguir un libro de los raros, era fácil si sabías a quien preguntar. Sin embargo, aquella biblioteca inmensa, aquella concentración de volúmenes apilados en grandes vitrinas tras la pared curva del cristal del túnel era algo inimaginable. Al menos para mí, que hubo un momento en que tuve que parar porque era incapaz de asimilarlo. No podía cerrar la boca.
Y entonces Trude, con el pelo naranja revuelto, marcando el ritmo, me explicó que era uno de los proyectos más ambiciosos de Atlas; tener al menos un volumen de todos los libros posibles.
Recuerdo que estaba diciendo “…Para él había pocas cosas tan importantes como salvaguardar los libros. Esta estructura para almacenarlos también fue idea suya….Tenía unas ideas increíbles….Mierda que tanto esfuerzo no vaya a servir de nada, que todo se vaya a perder. Mierda, mierda, mierda.” y se paró en seco, mirándome con ojos tristes y húmedos. El pelo había dejado de crepitar y le caía largísimo, mustio sobre los hombros .
Estábamos a mitad del recorrido del túnel biblioteca.
“¿ Cómo que “tenía”? ¿ Como que se va a perder? ¿ A qué te refieres? ” le pregunté yo.
Entonces se quedó en un temblor leve, sin la musicalidad que acompañaba sus movimientos, quieta. Clavó sus pupilas acuosas en mí y me preguntó, con la voz temblorosa y entrecortada , con una cercanía y una intimidad que me sobrepasó.:
“ ¿ De verdad no te acuerdas de nada? “


