5. NUBES SOBRE CIUDAD THADER
No me lo me pienso dos veces y aprieto el puño que acelera ( o eso creo) la motodelta, que se encabrita como un animal. Tal como les he visto hacer, me coloco los guantes que había bajo el asiento y el resto de ropa plateada aislante del frío, de la lluvia y del calor. Otra vez me están temblando las piernas, joder.
Al principio se mueve a trompicones y hace movimientos borrachos en ESE mayúscula y me alegro de que ni Trude ni Gato estén allí mirándome porque seguro se reirían de mí, viendo como cabeceo, como pongo caras asustadas cuando no puedo controlar la motodelta, esquivando las paredes por los pelos, acercándome al círculo de luz que cada vez es más grande y trae más aire con el que hay que batirse porque tuerce el ala y me impide controlar el equilibrio, hasta que recuerdo que hace siglos que se inventaros los sensores mentales en los vehículos para poder ser conducidos con sólo un pensamiento
( una pura cuestión de ondas) y claro, si mi pensamiento está hecho un desastre, es normal que la motodelta se comporte ingobernable. Así que concentro mi pensamiento y me digo, pero en realidad se lo digo a la motodelta, recto hacia la luz, y la motodelta obedece y por fin parece que consigo enderezarla . Acelero y salgo al exterior , donde el aire helado me da en la cara de sopetón y me espera la atmósfera llena de humo y de nubes, las luces como destellos difuminados, la sensación de vacío, de estar suspendido en el aire , de no controlar la motodelta por pensar en todo eso .
Vuelvo a concentrarme : “Todo recto”.
Trude y Gato esperan fuera, en la boca del túnel, relucientes y seguros en su ropa plateada y Gato dice “ Si nos dispersásemos, nos encontraríamos en el depósito número veintisiete de
Arriba las estrellas. Un tapiz oscuro lleno de pequeños agujeros iluminados. La sensación de inmensidad, de ser el punto más pequeño de todos los puntos. La gruesa capa de nubes venenosas y de luces que nunca duermen ha hecho que jamás haya visto el cielo estrellado como lo veo hoy, y ya sé que pocas cosas hay tan bonitas y que den tanta paz como mirar las estrellas.
Pienso en seguir a esos dos y la motodelta parece que obedece, a saltitos, con frenazos, haciendo curvas imposibles, pero obedece. La atmósfera espesa y densa como el algodón resta al vuelo vértigo y sensación de altura, porque parece que realmente fuésemos a ras del suelo, un suelo blando que se deshace a nuestro paso, dejando una estela de vacío como una cremallera que se abre en la inmensidad.
Disminuyen la velocidad y les alcanzo. Gato dice a gritos para que podamos escucharle que debemos disminuir en altura y volar entre los edificios de la ciudad, porque en esta zona es muy fácil que nos detecten y somos muy vulnerables y frágiles.
Así que dirigimos las motodeltas hacia abajo y atravesamos las nubes, que producen una extraña sensación de cosquillas y humedad. Y de ceguera, porque no se ve absolutamente nada aparte del color blanco deshilachado que se deshace al contacto con la cara.
Y por fin como un fogonazo que nos estalla en la cara, Ciudad Thader.
Millones de luces de colores parpadeando, iluminando la noche fría. Torres gigantescas a las que miramos desde arriba para ir acercándonos poco a poco. Gato domina la motodelta con una pericia increíble, hace cabriolas, va y viene. Trude ríe cada pirueta y al tratar de imitarlo, le sale otra cosa, pero los dos parecen felices a pesar de estamos huyendo de algo o de alguien. Se entrelazan haciendo juegos de relevos y pese al viento, pese a la velocidad, pese al motor de los aparatos, escucho sus carcajadas. Yo, con mantenerme encima, me vale.
Hay algo que cada vez me gusta más; la sensación de sentirse una sola cosa encima de la motodelta, atravesando el aire y acercándose a los techos de las torres de cristal, tan grandes….En realidad, desde abajo apenas tenemos una verdadera noción de lo descomunales que son. Pero yo ahora no miro abajo, no me atrevería, no me quiero ni imaginar el vértigo……. Gigantescos troncos de metal y espejos que de noche muestran un esqueleto iluminado por dentro, desamparado y tristón. Antenas y arbolado metálico en las azoteas, y sólo el sonido del viento
Y la velocidad. La velocidad es narcótica. Y adictiva. Y alucinante. Uno tiene sensación de poder, y por eso cada vez yo disfruto más, y la motodelta es capaz de seguir hasta mis pensamientos más complejos y sutiles. Y me siento un poco semidiós, fuerte, poderoso. Hacemos elipsis abiertas para esquivar las torres, y al pasar por entre ellas, cerca del cristal, al vernos reflejados, me siento como ellos dos, uno más. Y sonrío, porque hacía siglos que no me sentía tan bien. Trude juguetea conmigo y me golpea con la moto delta, en una chufla de las carreras de cuadrigas que tantas veces he visto en las películas de romanos y que jamás pensé que pudiera imitar. Gato parece feliz, contento, y a veces riza el aire y hace un tirabuzón sobre mí, o se cruza peligrosamente.
Pasamos por debajo de varios de los puentes que unen Las Cuatro , el conjunto más alto de la ciudad, cuatro torres como cuatro ciudades horizontales unidas por puentes que las hacen parecer un todo en una atadura colosal, las patas de una mesa cíclope que han echado raíces y se han ramificado. De cada una de ellas cae una cascada de agua que se junta en el centro y provoca el salto de agua más alto del mundo. Verlo de cerca es increíble ( ¡ Algunas gotas me han salpicado! ) un espectáculo que casi me hace perder el control de la motodelta. La música del agua al caer tiene un ritmo extraño, y lo que al principio es un ruido desagradable, consigue hacerse con cierta melodía.
Las cimas de Las Cuatro quedan escondidas por las nubes de la noche que empieza a clarear , apareciendo en el horizonte los colores cálidos del amanecer. Su reflejo en los cristales de Las Cuatro multiplica por mil el arco iris de rosas pálidos , y todo se ve tan alucinante que dan ganas de parar la motodelta y quedarse mirando detenidamente.
Trude me señala los primeros rayos de sol y algo se me remueve por dentro. Desde abajo son imposibles de ver, de hecho, creo que es la primera vez que los veo al natural, sin pantalla que los contenga.
Definitivamente, pienso, el mundo es un sitio bonito de vivir.
De pronto una figura que vuela como la luz se refleja en los cristales y rompe la estampa de nata y fresa que me empezaba a creer.
Je.
Siempre es igual.
Al final todo se jode.
El objeto fugaz negro mancha los colores como una mosca mancharía la leche. De pronto otra. Y otra. Y otra más. Y entonces los reconozco: son ángeles del Más Allá, o así los llaman en la administración, porque para muchos de nosotros son peores que ratas. Vigilan a la gente a través de las ventanas, volando con sus mochilas antigravedad . Cuando descubren algo sospechoso pasan la información a 
Gato grita “¡ Recordad el destino ¡” acelera y se va. Dos de los ángeles lo siguen como meteoritos oscuros mientras disparan ráfagas de rayos azules. Trude me hace un gesto y bordeamos una torre de Las Cuatro, en una curva tan cerrada que rozo con los cristales del edificio. Un rayo azul da con un cristal y lo pulveriza, casi lo hace desparecer de la nada. Con los dos ángeles siguiéndonos tan cerca que por el rabillo del ojo intuyo su sombra negra, a unos pocos centímetros detrás. Los rayos azules que casi nos tocan no dejan de Siento palpitaciones tan fuertes que parece que el pecho se me fuera a abrir, y todas las venas y arterias me fuese a explotar. Pero de alguna manera, la motodelta se me da bien Debe ser lo único que se me de bien ( ¡ Y lo descubro ahora!). Me hace sentir seguro, capaz de conseguirlo, firme, adulto, de una puta vez, adulto, alguien que controla su vida como controla la motodelta, y lo tengo claro; no me pillarán. Ahora, no, desde luego. Concentro todas mis fuerzas en controlar el aparato y vuelvo la moto en dirección contraria, de regreso a Las Cuatro, en una curva de aire en la que veo a Trude frenar , mirarme sobresaltada y hacerme un gesto con el brazo para que vuelva, pero yo ya soy capaz. Ya puedo hacer lo que me proponga, y continúo con mi plan.
Uno de los ángeles sigue a Trude, y si al otro no lo veo, es que debe estar siguiéndome a mí.
Acelero
Rayos azules que casi me dan.
Me agazapo cada vez más a la motodelta, mientras algo así como placer ( por el desafío, o puede que por el riesgo) sube como un hormigueo por mis piernas hasta llegar a la polla , en una extraña sensación eléctrica.
Llegamos a las torres. Escucho el silbido de la mochila antigravedad muy cerca. Paso por debajo de un puente. Ahora por encima de otro. Me dirijo a la gran cascada sin vacilar. Casi puedo ver el perfil del casco negro . Más rápido. Más.
(El hormigueo se ha convertido en un calambre general y eterno)
Hacia la cascada. El agua empieza a empaparme. Estoy llegando al chorro principal cuando, en una maniobra que no me creo ni yo, desvío la motodelta bruscamente . Y me sale bien.
¡ Toma ya!
El ángel no puede seguirme y entra de lleno en la atronadora cascada de agua para desaparecer.
Bye, bye.