4.EL PELO DE TRUDE

   De algún modo, al sentir que me apretaba la mano ( de una manera extraña, difícil de definir en pocas líneas) un acto reflejo me hizo separarme de él, esquivándole  la mirada y negándome a dar las gracias. Pero acto seguido se las di.

 

  “ No me des las gracias a mí, dáselas al test que dio el resultado a tiempo. Si hubiese tenido dudas , ten por seguro que no estaríamos aquí hablando”

Las numerosas cremalleras, anillas y botones metálicos de su mono negro brillaban en destellos  alternos cuando descubrí que me había manchado las manos de grasa negra. La grasa de sus botas por donde trepé, recién untadas, relucían orgullosas y altivas. Ahora tenía dos cosas de él; el olor a canela ahumada entre mis glóbulos rojos y la grasa de sus botas en mis manos.

 

 Es curioso como unos pocos segundos podían hacerse eternos en los silencios que aquel día nos dedicábamos Gato y yo.

 

 Hasta que Trude lo rompió. Rompió el silencio y rompió el transcurrir de los acontecimientos en un antes y en un después. Al aparecer (porque fue una aparición, directamente; no la vi entrar por ningún sitio) en la sala con lo que yo nombraría alguna vez como “presencia musical” las luces fue como si tomaran un matiz más alegre, haciendo que el ambiente electrificado que nos rodeaba a Gato y a mí se convirtiese en otra cosa. A cada paso, en cada una de sus muecas y guiños,  Trude regalaba notas alegres y armónicas en un movimiento de ojos.

 

 Su “Hey, chicos ¿ Habeis acabado ya con lo vuestro?” sonó a canción optimista y a Gato le descubrí una desconocida expresión relajada,  acercándose a una sonrisa. Algo inaudito desde que estábamos juntos.

 Trude tenía uno de los mejores  implantes de pelo artificial que había visto en mi vida. Una gran melena leonina suspendida en el aire sin gravedad, que se movía con el ritmo de las algas que un día debió tener el fondo de los antiguos mares. Porque parecía tener vida propia, como una llama ardiendo , la cara de Trude quedaba enmarcada en medio de los colores del fuego de cientos de filamentos, los que van del rojo al amarillo, lentamente, con una velocidad de cambio de  color casi imperceptible . Además era alta, muy alta, y delgada, y su caminar por entre las mesas atiborradas y la pantallas al aire con el pelo ardiente tenía mucho de espíritu sinuoso, y yo ya supe que nos llevaríamos bien.

 

 Gato dijo “Ella es Trude, compañera de fechorías”, y luego me presentó , mientras se acercaba  con  andar pisciforme y la sonrisa clavada en la boca; no sabía ella lo necesitado que estaba de una sonrisa así. También dijo Holaquetal mientras el pelo tomaba un color sangre profunda y me acercó la mano y yo se la recogí; un gesto un poco tonto que me hizo sentir así, además de torpe y absurdo.

 “Habéis tardado tanto que hemos perdido la posibilidad del teletransporte; deben haber detectado algo y  han cerrado todos los canales posibles” fue lo que explicó Trude. Y así  entendí como me había sacado Gato del metro, saltándose todas las leyes y enmiendas que prohibían el teletransporte excepto para funcionarios y miembros del Más Allá.

En un día me habían salvado la vida dos veces.

 En un día había incumplido dos normas que me cerraban cualquier posibilidad de continuar mi árbol generacional .

 

Gato dijo “ El test no terminaba de aclararme nada, pero ya ha dado el visto bueno. Voy a echarle un vistazo a las motosdelta, a ver como andan”. Y se fue, por otra puerta. Otra puerta que yo no había descubierto en mi escapada.

 Trude y yo a solas con su sonrisa y su “Bueno ¿ Qué te cuentas?” desconcertante pero agradable al oído.

 Pero yo no supe que decirle, o en que modo y mis labios se fruncieron tratando de ser amable.

 Y entonces , de un bolsillo sacó tubitos blancos como de papel y me ofreció uno. Jamás había visto uno al natural, sólo en fotos .

 

 

  Fumar cigarrillos estaba en contra de la enmienda número seis desde hacía muchas generaciones. Era la enmienda que habla de que cualquier perjuicio que se le haga al cuerpo a sabiendas de que es dañino para la salud, es factor determinante para acabar con el árbol generacional. Una, dos, tres…Qué más daba una enmienda más; estaba claro que conmigo se acababa la estirpe.

 Lo cogí y me acercó una resistencia para que lo encendiese.

Aspiré, fijándome en ella para  parecer menos novato. Humo, humo caliente que decían venenoso y a la vez parecía dar un tipo de vida distinta, de algún modo. Fumar sería una tontería pero tenía algo especial, estaba claro. Trude soltaba el humo inclinando la cabeza levemente hacia atrás y juntaba los labios como si dijese U, mientras el pelo le bailaba en un naranja que quería ser amarillo y decía” No hace falta que disimules; es evidente que es la primera vez que fumas. Y lo haces de puta pena, además”.

 Ahí ya tuve que reírme entre toses y eso sirvió para que nos riéramos  los dos. Nuestra primera risa juntos. Y se lo dije, le dije que hacía mucho tiempo que no me reía y que Gato me lo había hecho pasar muy mal, también que no entendía muchas cosas que  estaban pasando, que todo era muy raro, que yo sólo quería encontrar a mi tutor Cobalto y  ahora me encontraba allí, con ella, tirando a la basura mi futuro y el de todas mis generaciones.

 Trude asintió echando el humo mientras murmuraba un “Ya veo” que yo sentí como comprensivo y estuve a punto de abrazarla, pero ella me detuvo con la mirada y soltó por su boca ; “Ya veo que eres un  niñato mimado que sólo se preocupa de su bienestar y que es incapaz de agradecer nada”. Y dicho esto, escupió en el suelo con rabia y asco,  tirando el cigarrillo y pisándolo con la punta de la boca, mientras su pelo se revolvía en una furia amarillenta.

 

 

 Entró  entonces Gato envuelto en prisas arrebatadas . Nos dijo( casi sin aliento y  echando  cosas a un bolso); “Debemos irnos  ya ¡ Rápido ! Han avisado  de que en el Más Allá han detectado la señal del teletransporte y han dado con nosotros. Coged los clips digitales de memoria de las computadoras y yo desactivaré el sistema central . No tenemos tiempo que perder ¡ Vamos!“.

 Así que hago lo que puedo y sé por ayudar, y me llevo los clips  de las computadoras que hace que se apaguen las pantallas al aire,  y  los guardo como puedo en una bolsa que me ha lanzado Gato, mientras ellos  hablan entrecortados de cosas y de nombres que no conozco y recogen objetos por entre las mesas, aprietan botones, nerviosos, y la luz que cegaba la sala va perdiendo intensidad, hasta dejarla casi a oscuras, sólo iluminada por botones y pilotos rojos, verdes, azules.

 Al salir , una corriente de frío me sacude la cara , y el pelo cobrizo con chispazos naranjas de Trude parece volar. Lo que al principio creo que es un  túnel es una pista de despegue  que escondía la penumbra. Al fondo, de donde viene el aire helado, un pequeño círculo de luz nos ilumina  para llegar a las motos-delta, aparcadas en huecos verticales de la pared marcados con luces verdes. Ellos bajan cada uno una. Yo también.

 Mientras que los miro para imitar lo que ellos hacen, trato de recordar desde que año  es penalización máxima volar entre los edificios , desde que año están prohibidas las motos-delta, su fabricación y uso. Muchos accidentes, dijeron esa vez…….

 

 

 Gato se acaricia los clavos del cráneo hasta dejarlos en horizontal y así se coloca el casco, que parece muy usado, la visera de cristal hasta la boca enmarcan su rostro entre la dureza y la concentración. Trude se hace un nudo tan efectivo que su gran mata de pelo parece reducirse a un mínimo amarillo manchado de marrón .Cuando levanta los brazos para ponerse el casco, me fijo en algo inquietante y raro. Más aún porque después de bastantes minutos con ella, es ahora cuando lo veo ; Trude no tiene pechos. Pero cuando digo no tiene no es que diga muy pequeñitos, casi imperceptibles; es que es totalmente plana, casi diría más que yo. Ella me mete prisa para que me incruste  el casco y Gato dice que lo siga a él y que lleve cuidado con las paredes de los edificios de cristal; si no se calcula bien la distancia, es  fácil que se puedan rozar con las alas de la moto-delta y acabar cayendo en picado. Me dice que controle la temperatura en los marcadores de los propulsores, que se pueden saturar.

 Gato enciende los propulsores de su moto delta y  esta se eleva por encima del suelo, mientras nuestro alrededor se ilumina en un rojo ardiente que calienta nuestros pies y remueve el polvo del suelo. Se coloca  bajo el triángulo gris plateado que  marcan las alas y lo apunta hacia la luz, los brazos abiertos cogiendo los mandos, su cuerpo agazapado en la maquinaria de la moto “ No dejéis más de cincuenta metros de separación”, nos dice, y me doy cuenta de que debo sincerarme, que o lo digo ahora o será demasiado tarde.

 Así que lo digo: “ No tengo ni puta idea de cómo funciona esto. “

 Los dos me miran estupefactos.

 “¡ No me miréis así!” les replico , “ Es la primera vez que  veo una motodelta en mi vida “ y Trude dice “ Pues no tardes mucho en aprender, porque no tenemos tiempo para prácticas. La otra opción es esperar a los del Más Allá , pero si quieres un consejo, yo no lo haría”, y se agazapa en su moto mientras coge el ala triangular  y acelera los propulsores.  Con el casco y torpón, también enciendo la moto que se eleva en un rugido tembloroso, me sujeto el ala que me hace abrir y tensar los brazos en forma de arco.

 “¿Preparado?” pregunta Gato y cuando voy a preguntarle donde se frena o como se aterriza, sale disparado como un disparo, y Trude, me mira, me guía con la cabeza, y sigue su estela que remueve el aire en un remolino de polvo  recortando la luz del final del túnel.

 Efectivamente; no me va a  quedar más remedio que aprender a volar.

 

 

Comentarios

A ver, ¡me lo he tenido que leer entero otra vez para recuperar el hilo! Que a este paso se te van a hacer viejos los protagonistas...

¡Queremos más ya!


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