2. LOS GATOS VUELAN
Al llegar a
Fue R-75*S quien me lo anunció antes de llegar a mi espacio, cuando me lo crucé en el pasillo. A R-75*S lo conocíamos en la Sección Delta del piso trescientos sesenta y seis de
Pese a haber salido indemne ( aunque nunca se podía jurar) yo sospechaba y muchos sospechábamos que seguía en líos activistas de terrorismo de información. Eso si no lo habían convertido en un espía , en un puto chivato. Porque Gato era de las personas inquietantes que no sabías nunca hacia donde iban sus pasos, si se estaba burlado o hablaba en serio, si le caías bien o como el culo, si te estaba ayudando o pegando una puñalada.
A mi saludo frío contestó con un gesto burlón de boca torcida, perdonavidas y sarcástico; los metales en forma de triángulo que llevaba incrustados bajo la piel de su cara se movían como seres vivos. Los clavos en espiral del craneo le daban un aire amenazador y cómico.
- ¿Has sido un niño malo? Porque para que la gente del MÁS ALLÁ registre tu mesa y tu despacho con la es-cru-pu-lo-si-dad con la que lo han hecho, es que estas metido en un lío muy gordo. Yo de ti me asustaría …..
Aligeré y lo dejé mascullando alguna maldad atrás, en un pasillo que no se acababa nunca porque parecía haberse trasmutado interminable . Al ir acercándome al hueco de la puerta, fui viendo en la cámara lenta que dan los pasos desacelerados, la prueba de que Gato no mentía; como todo estaba revuelto, los cajones abiertos, la pantalla encendida.
Y me asusté, caí abatido en el sillón , con los hombros cargados de toda una noche sin sueño .
Porque esa noche no había podido dormir.
Temores y pesadillas más reales que las de los sueños se apretujaban en la espuma de la cama, hasta que parecían asfixiarme, y entonces me levantaba inquieto, no recuerdo cuantas veces y llamaba a su teléfono que me devolvía un robótico “este número no existe”. Los ojos de Cobalto me perseguían, me atormentaban, porque lo que por la tarde era un simple chispazo, a esas horas de la madrugada era una losa de piedra que no me dejaba respirar; me había dado cuenta de que Cobalto era alguien muy importante para mí ….pero lo más probable, quizás, seguramente…. demasiado tarde. Y entonces apartaba los malos pensamientos como quien cree que se cambia la realidad de las cosas, diciéndome; bah , será una equivocación y el Miércoles lo volveré a ver ….. En uno de los paseos insomnes, me acerqué al pantalón en el suelo y saqué aquella barrita brillante y metálica que Cobalto me había dado ¿ Qué podría ser? ¿ Para que podría servir? ¿Por qué parecía tan importante? ¿Dónde podía esconderla?
Tenía gracia. Si me hubiesen parado en uno de los seis controles de seguridad que atravesaba antes de llegar a
Menuda zorra. En tres años no la había visto en un tímido acercamiento a una sonrisa, o sea, que no podía esperar otra cosa sino frío y desde lejos.
Debí haberlo supuesto si no me hubiese empeñado tanto en que “no pasaba nada”. Pensé en recoger mis cosas pero recoger qué. Pensé en preguntarle algo a la jefa de sección pero para qué. Pensé en buscar a alguna persona de confianza que me pudiese ayudar, pero esa persona era Cobalto . Pensé en gritarles a todos, pensé en correr hacia el cristal del fondo, romper la mampara y saltar al vacío gris densísimo de la atmósfera pesada que rodeaba

Los acontecimientos se estaban acelerando de tal modo que hubiese sido de tontos no suponer que en cuestión de horas vendrían a por mí. Estaba la posibilidad de Gato y desde arriba de los separadores de cubículos, lo vi en su rincón, con la luz de la pantalla reflejada en la piel de la cara, los clavos parecían brillar. Si mis posibilidades ya eran casi nulas, con él no tenía nada que perder, así que me acerqué, con el rabo escondido pero sabiendo las palabras necesarias; cuando la oportunidad es pequeña hay que arriesgarlo todo. Me acerqué por detrás y le dije:
- Hay gente que comenta que puedes encontrar a desaparecidos.
Se volvió con un gesto muy enfadado para cogerme de la muñeca y escupirme en susurros las siguientes palabras “ ¿ A qué cojones juegas? ¿ Quieres que nos eliminen a los dos o qué? “
-Me da igual todo. Necesito encontrar a alguien como sea y dicen que conoces a la persona que me puede ayudar.
-Y quien coño es esa persona?” ( su gesto era de no creerse nada, mientras miraba para todos lados muy nervioso)
-Atlas-dije yo, y aquel nombre sonó como un mazazo en una mesa de cristal. Soltó una carcajada de cómico de feria.
-Tú estas loco o te han desprogramado fatal. Déjame tranquilo, anda.
Me quedé en silencio , pasmarote que lo miraba diciendo con los ojos “por favor”.
-¡ He dicho que te largues de una puta vez o llamaré a seguridad!
Última oportunidad perdida.
Utilizando la lógica que usaban los del MÁS ALLÁ, seguramente la vivienda
“ deasignacióngubernamental “, donde había pasado los últimos años sobreviviendo, ya estaría registrada, así que lo mejor que podía hacer era regresar a ella porque tardarían un poco más en volver a visitarla, y esperar….hasta que me encontraran.
Cogí el maletín electrónico por los recuerdos, no más, lo cerré torpemente por el temblor de las manos y salí del cubículo que me había visto los últimos cuatro años intentar llegar a ser alguien más, más importante, más duradero, con más futuro, tal como quería Cobalto, y qué más daba tanto esfuerzo y aburrimiento, tanto escuchar las vidas tristes y miserables de los demás durante horas para acabar eliminado vilmente; menuda mierda. Que asco todo.
Por eso, pese a que sabía que no volvería jamás a
Lo siguiente fue bajar a la estación del suburbano para deshacer el camino andado en la mañana en que todo se jodió. En otro momento yo mismo me hubiese entregado, pero la mínima posibilidad de encontrarme otra vez cara a cara con los ojos de Cobalto tiraba de mí, me daba valor, fuerza en los pies; necesitaba decirle tantas cosas… Si antes había podido pasar por los controles de seguridad sin problemas, a lo mejor también podía ahora; por intentarlo.
En la fila del arco, antes de pasar al lado de los del MAS ALLÁ que pedían la acreditación pertinente, los perros metálicos husmeaban todo, mientras el brillo de sus ojos de cristal mantenía el miedo en su nivel adecuado y justo, al borde de la piel.
Calma, calma, mucha calma ( me repetía): si mantengo la calma no me va a pasar nada. Y así fue. Ni los perros, ni el arco, ni los del MAS ALLÁ parecieron notar nada. Una victoria. Je. Tan listos algunas veces pero no en esta ocasión. Je otra vez.
Cincuenta segundos de espera y el suburbano entra en la estación, moviendo con su velocidad todo lo movible y leve. La gente gris, mirando al suelo, ordenada y educada en su educación, suben manteniendo las distancias observados desde lejos por los del MAS ALLÁ. Siempre he tenido la sensación de que si hay un infierno lleno de almas en pena, debe ser muy parecido al suburbano de mi ciudad, porque la gente parece más muerta, más asustada, más solitaria, más triste que arriba. Aunque siempre esté oscuro, arriba no es igual; el cielo abierto, la mínima sensación de libertad lo cambia todo.
Encuentro un asiento vacío y parece que ya salimos cuando la máquina se para bruscamente. Se va la luz y el aire acondicionado. Pasan los minutos lentísimos. Empiezan a escucharse quejas y las respiraciones cada vez más fuertes y angustiadas son la única seguridad de que esté rodeado de gente. Se intuye que va a ocurrir algo.
Pasa el tiempo arrastrándose y la atmósfera se hace tan irrespirable que casi es imposible gastar oxigeno en pensar. En el vagón de al lado las protestas se convierten en gritos y la gente golpea las paredes del vagón; el eco se reproduce por el túnel y da la sensación de que se hundirá la estación entera, porque el ruido se hace tan insoportable, tan ensordecedor, que parece que los oídos fueran a estallar .
De pronto, unas luces arrebatadas bajan por las escaleras , en fila de dos, bailando torpemente una coreografía que ilumina a ráfagas la estación; parece un escuadrón armado del MAS ALLÁ; todo tiene una mala pinta terrible.
Se dirigen al vagón de las protestas y con lo que parece una llave maestra abren la puerta. En mi vagón nos apretujamos pegados a los cristales empañados, aguantando el aliento, sin hacer mucho ruido, con miedo a que nos oigan, observando todo lo que va a suceder. Entran de dos en dos en el vagón de al lado y disparan un rayo azul eléctrico que hace desaparecer de un fogonazo a todo el que toca; apenas les da tiempo a gritar, pero gritan, con unos gritos que agujerean la carne hasta lo más profundo, porque son como cuchillos que cortan la piel y se instalan dentro, y hacen daño al escucharlos, y su sonido se queda grabado en la memoria y sé que no podré olvidarlos aunque pasen siglos.
Las caras, iluminadas por los fogonazos , son como un desfile de mascaras del horror A mi lado la gente deja escapar sonidos de asombro a cada fogonazo y hay una mujer que no ha podido evitar romper en un llanto desesperado. Se oye un Dios mío y alguien grita que los siguientes seremos nosotros, que los del MAS ALLÁ nunca dejan testigos. Más gritos, menos aire, más sudor que se mete en los ojos e impide ver lo poco que las luces de al lado dejan ver. Más pánico que hace que alguien intente romper un cristal para escapar, como si fuese posible. Por las rendijas del vagón se cuela el olor a carne quemada y chamuscada; también el olor es de los que no se olvidan jamás.
Acaban limpia y rápidamente con todo el vagón de al lado; debían ser unas cuarenta personas. Ni siquiera les pidieron la acreditación.
Vuelven a salir en calma al suelo de la estación, forman una fila de dos y se dirigen a nuestro vagón; la gente grita angustiada. Noto en la penumbra que algunos se abrazan entre ellos, aunque sean desconocidos. De nuevo alguien de la patrulla se adelanta y conseguimos ver su coraza, la cara tapada con una mascara verde oscura; la luz que emite el casco ilumina la escena que está sucediendo y nos permite ver que saca la llave maestra . El aire del vagón se queda suspendido en un silencio atroz de olor a carne chamuscada .
Se abre la puerta. La gente corre a los extremos del vagón y se apretuja angustiada. Dos tipos tratan de escapar por entre los del MAS ALLA , en un gesto tan tonto como desesperado y el rayo azul los hace desaparecer. Algunos se tiran al suelo. Otros se esconden tras los parapetos de publicidad gubernamental , con frases como “Entre todas las sonrisas hacemos esta sociedad”. Hijoputas.
Yo hace unos segundos que estoy agachado entre los asientos y escucho los gritos y el zumbido del rayo azul, esperando a mi suerte con una resignación que hasta a mí me extraña, aunque eso no quite para que los temblores sean como un terremoto que casi me sacan el corazón del pecho ¿ Cómo será eso de morir?
Cierro los ojos cuando ya creo que va a llegar mi turno . Aprieto los dientes. Entonces escucho una voz a mi lado en el suelo, una voz familiar.
- ¿ Sigues interesado en encontrar a Atlas?
¡ Es Gato!
¿ Qué coño hace aquí?
¿ Cómo demonios ha llegado?
-Bueno, no tenemos mucho tiempo ¿ Te vienes o qué?