1 LOS OJOS DE COBALTO
25 DE ABRIL MIERCOLES
La vida cambia brutalmente y muchas veces no somos capaces ni de imaginarlo, ni de atisbarlo un poquito, porque lo que te imaginas se queda corto, nunca alcanza. A posteriori las señales parecen evidentes, claras, de una transparencia que nos asombra, pero en el momento en que ocurren volvemos a cometer el error que cometemos una vez y de nuevo; no saberlas leer.
Yo tampoco supe leerlas aquel Miercoles en que la vida me tenía preparado otro camino tan distinto al que yo esperaba para mí mismo. Y ahora parecen tan evidentes, tan sólidas, pero entonces no.

Cobalto apareció después de mí, algo rarísimo porque después de tres años viéndonos todos los Miercoles a las ocho de la tarde, esa fue la primera vez que llegó tarde. Supongo que estaba tan orgulloso admirando mi rara y escasa puntualidad, que no supe que no sólo llegaba tarde, sino que ni siquiera llevaba encima la calma que lo caracterizaba y además iba como a medio vestir, con la ropa arrugada y mal puesta, mirando a un lado y a otro, temeroso. Sin embargo, lo que más recuerdo de aquel Miercoles son sus ojos; brillaban con una luz inquieta e infinita, y tenían ese punto que sólo los locos tienen, huidizo, tierno, aterrado , nervioso y a la vez, con una especie de certeza que dice que saben algo que tú no sabes, que han visto cosas que tú jamás verás porque han estado en el otro lado.
Cobalto no era guapo, pero tenía la madurez de las respuestas para todo y una curiosa y simpática compresión hacia la realidad que lo rodeaba; eso le daba un atractivo muy característico y particular. Nunca lo deseé ( y si lo hice, no era consciente) ni hice nada por acostarme con él, aunque reconoceré que su compañía era un bálsamo maravilloso y la cita semanal de los Miercoles se me hacía corta. Y pensar lo difícil que se lo puse al principio, con lo cabrón que puedo llegar a ser….Pobre…..
Tuve suerte. Tutores como él, por lo que yo sabía, eran muy muy escasos. Nunca me denunció, nunca quiso convencerme por las malas, nunca discutió mis arrebatos peligrosos que lo ponían en una situación bastante difícil ni se planteo jamás reprogramarme. Paciencia y calma, parecía ser su lema.
En
Los ojos de Cobalto ya me hablaban pero yo no quería escuchar , no sabía leer en sus pupilas, cuando cogió la silla del otro extremo de la mesa y la puso a mi lado, cuando se sentó y me cogió la mano, cuando me pidió silencio con el dedo índice al ver mi cara de sorpresa. Nos vigilaban, siempre nos vigilaban y ese cambio en el protocolo podía salirme caro a mí, pero sobre todo a él.
-¿ Nunca has querido escapar?-fue lo que me preguntó, lo primero que dijo, con un tono de aliento desesperado y subterráneo que me hizo sentir aún más confundido.
-¿ Escapar de qué? ¿ A qué te refieres?
- Escapar de esta mierda, dejarlo todo
-Tú más que nadie sabes perfectamente que sí, pero…¿ A qué viene todo esto? No entiendo nada….
-Escucha atentamente lo que voy a decirte- contestó mientras me apretaba la mano aún más, pasándome un objeto cúbico de tacto metálico y frío para que lo cogiera por debajo, buscando con su gesto la complicidad del disimulo y el silencio. La teoría de que la escena que estábamos representando era una broma se desbarataba a cada frase de la conversación.
-Guarda muy bien esto que te doy .
-¿ Qué lo guarde? ¿ Donde? ¿ Y qué es?
- No puedo decirte nada más; créeme que lo hago por tu bien. Eres mi última oportunidad y quizás estoy siendo injusto y egoísta contigo, pero espero que algún día me entiendas.
-Oye, estoy empezando a preocuparme en serio, así que será mejor que me digas que coño pasa de una puta vez.
Como en una ráfaga, su expresión pasó del puro desencaje a un toque de dulzura
( tierno) , cambiando los ojos de loco por ojos de niño, pidiéndome atención me pareció entonces, de pronto, un tío guapísimo, con un aura especial y brillante que seguramente sólo tienen los héroes o los valientes Casi dejó escapar una sonrisa desencantada, mientras me decía:
-¿ Sabes? Estos días he estado pensando mucho, en millones de cosas. He mirado a mi vida y me he dado cuenta de que he perdido el tiempo, he tirado todos los días a la puta basura, pero tú no, tú aún puedes evitarlo.
-No te entiendo….
-Déjame que siga. Tenemos muy poco tiempo y debo decirte algo importante; es posible escapar; yo lo he hecho y tú debes intentarlo, porque te aseguro que merece la pena y que ya nada es igual. Hay gente que podrá ayudarte en el camino, pero no debo decir sus nombres o los pondría en peligro; tendrás que descubrirlos tú”
Sonó un pitido que se repitió como en eco.
-Es mi localizador-fue lo que dijo mientras apagaba un aparatito que sacó del bolsillo, volviendo a la cara de preocupación-Me han descubierto, será mejor que te vayas. Y si te preguntan recuerda; no saben nada porque no han escuchado nada de esta conversación; he desconectado la vigilancia.
Sus manos cálidas parecían en ese momento arder. El flequillo largo y revuelto, los ojos que volvían a la sombra turbia de donde salieron, el gesto asustado y contraído de quien intuye un peligro inminente, una sombra que le daba a su rostro un matiz especial y diferente.
Me empujó para que me levantase de la silla.
Quería decirle tantas cosas, hacerle infinidad de preguntas que se aturullaban inconexas en mi cabeza y que no tuvieron posibilidad de salir, mostrarle mi apoyo a su angustia que de alguna manera había conseguido trasmitirme, ser su calmante frente al dolor , y sin embargo….
Sin embargo sólo pude balbucear un pueril “Pero yo…” al que el no dio tregua con un “¡Vete ya, joder!” en ultimatum, agresivo. Así que apreté su mano y me levanté, intentando encontrar tras mi mirada interrogante una respuesta en sus pupilas, pero agachó la cabeza y movió la silla para ponerse de espaldas a mí. Un calambre de miedo me recorría las piernas y el cuerpo y casi me hacía andar sin yo quererlo. Puedo contarlo de mil maneras y no obstante lo cierto es que me fui porque soy un puto cobarde.
Maldigo a cada minuto el momento en que decidí irme, porque el pasado no se puede cambiar, pero eso no me calma la zozobra que desde ese día siento, la ceguera de no haber sabido leer las señales, el hecho que se estaba consumando y del que esa noche fui consciente cuando ya estaba yendo de un extremo a otro de la cama como una pelota de tenis, bien entrada la madrugada, atado por los nudos que de la barriga hasta la garganta me habían nacido y que no me dejaban descansar. Así que, al recibir la llamada desde EL MÁS ALLÁ ni me inmuté, ni me asusté ni nada, porque de hecho, en el fondo, la estaba esperando, pero no de ese modo, diciendo:“Le comunicamos que a partir de la próxima semana tendrá asignado un nuevo tutor “
-¿¡ Qué significa eso??! Todo va bien con él y ustedes mismos podrán notar los resultados – traté de parecer enérgico aunque me estuviese consumiendo el miedo- No pienso cambiar si no me dan razones convincentes.
-Será mejor que a partir de ahora colabore. Debe saber que está usted siendo investigado y en próximos días será llamado a consulta. Ni que decir tiene que cualquier gesto de resistencia puede complicarle mucho las cosas.
Si las palabras al otro lado del auricular hubiesen llevado música, sonarían a réquiem, pero eran más las ganas de saber, los remordimientos y el miedo por Cobalto que los peligros que sobre mí parecían sobrevalorar como aves de mal presagio.
- ¿¿ Donde está mi antiguo tutor?? ¿¿ Qué ha pasado con él??
- Esa es una información que no podemos darle. Por su seguridad.
Con esa frase ya sabía que jamás volvería a ver a Cobalto.