8. SUEÑOS Y OLVIDOS

Voy todo lo más rápido posible,  tanto que a las luces del túnel biblioteca les cuesta seguirme el ritmo, pero aún así no consigo dejar atrás a Trude, que  seguía tratando de cogerme el brazo mientras me persigue,  suplicando entre jadeos con un “¡Espera, espera por favor!” sin conseguirlo. Hasta que se tira a mis tobillos en plancha, abrazándolos, y me derriba.

 “ ¡Déjame!”, le grito yo, pataleando en el suelo, tratando de arrastrarme y zafarme, pero ella es muy fuerte, mucho más de lo que aparenta su cuerpo musical aparentemente frágil y sólo consigo arañar la superficie de metal “ ¡ He dicho que me dejes!”

 Rodamos mientras las luces del túnel parpadean tratando de seguir nuestra coreografía surrealista de puñetazos, patadas, choques en la pared y tirones.

 “ Me vas a escuchar , vaya que sí” grita ella, entrecortada” luego si quieres podrás irte, pero antes me escucharás, joooooooder! “

 Joder ha sido  lo último que me ha dicho, porque he debido  darle una patada tan fuerte, que consigo que me suelte, no sin antes mirar y ver como se duele de su labio, que sangra a borbotones, escandalosamente. Por eso, pese a que quería escapar, pese a que no quería escuchar una mentira más de su boca, me acerco a ver que le pasa., pero de un manotazo me quita la mano cuando trato de cogerle la cara para ver la herida.

 “¡ Déjame!” ahora  es ella la que lo dice. Y estoy a punto de hacerle caso y dejarla atrás, a ella, y a todas las mentiras, desajustes, locuras y absurdos que me habían sucedido en los últimos tres días. Tres días que valen por una vida entera. Estoy a punto de hacerlo pero al interesarme por su cara me parece que algo le cae por la mejilla. Veo como las lagrimas le caen por las mejillas, grandes, gordísimas, con aspecto de quemar la piel en su trayectoria, mientras ella trata de disimularlas, avergonzada. Llega un momento en que se hacen torrente, y el moqueo y el hipo apenas la dejan respirar. Parece tan vulnerable, tan niña abandonada.

  “Yo......yo.......” ( no sé que decir)” .......No quería hacerte daño....Lo siento...”

 “Yo..... tampoco quería….. También lo siento...” es su contestación, para mirarme a la cara, por fin, y puedo ver , en medio de su pelo amarillo ocre que mueve el viento del túnel, a través de sus ojos, sinceridad, un brillo de verdad al que soy incapaz de gritarle o reprocharle nada pese a que apenas hace unos minutos lo hubiese hecho encantado. Aún así, más tranquilamente, no puedo evitar decirle:

 “ Esta situación me ha superado, Trude. Yo era alguien normal, quería seguir siendo normal  con su vida normal, y ahora estoy aquí , viendo y viviendo cosas que jamás hubiese imaginado. Me confunden con otro y vosotros lo utilizáis en vuestro provecho, sin consultarme. Me habéis mentido y me habéis utilizado sin haberme preguntado siquiera, joder. Y todavía tuviste el morro de llamarme niño malcriado, a mí. “

 “ No te confunden con nadie”

 “Entonces no lo entiendo” le digo yo, sin exagerar un poquito.

 “ ¡ Qué no te confunden con nadie!”- toma aire y con un gran esfuerzo, lo dice- Atlas eres tú. Hace cinco años que te desprogramaron, te dieron otros recuerdos que te hicieron otra persona pero sigues siendo tú.......Atlas.....”

“ No digas chorradas. Sé perfectamente quien soy.....”

“ ¡ No, no sabes absolutamente nada! ¿ Te crees que los del Más Allá bromean? Llevan muchas décadas perfeccionando sus mecanismos  como para no hacer un buen trabajito, y contigo hicieron una virguería.”

“ Estás loca. Tú y todos”

“ No, me temo que no estoy loca, aunque los del Más Allá  lo hayan intentado. Si no te eliminaron en su momento es porque sabían que para nosotros , los que te conocíamos, tus compañeros de lucha, sería muchísimo más humillante, más doloroso e insuperable tu reprogramación  que tu muerte”

 Trude llora, tan desconsoladamente, con un dolor profundo y antiguo que remueve dentro de mí algo que me dice que aquello no puede ser otra mentira, que tras ese llanto sólo puede haber verdad, que Trude no puede ser tan buena actriz para simular semejante dolor. Hace una pausa para continuar entre sollozos :

 “Es tan extraño......... Durante estos cinco años larguísimos me he cruzado contigo cientos de veces, buscando que tú me reconocieras, tropezando contigo y haciendo que pareciera casual. Pero no lo era, no era casual. Chocar contigo y notar como me tratabas de manera anónima, como una desconocida más entre la multitud, ha sido como morirse un poquito en cada intento, porque no me reconocías; ni una pizca........ Nada” ( otra pausa para quitarse las lagrimas bruscamente y pasarse la mano por la nariz)”  La mirada que me dirigías como quien mira a una extraña no la olvidaré en la vida, porque me duele aquí, en lo más profundo “ ( y se golpea el pecho)”....Seguro que tú si has olvidado todos mis choques, mis estrategias para encontrarte en un ascensor y que tuvieras tiempo de reconocerme...Que absurda y que tonta he sido....” (y acto seguido deja escapar un “ je “ amargo y seco, lleno de desengaño envejecido) “  Buscaba un imposible porque aunque enseguida descubrí que   tú ya no eras el mismo, eras otro totalmente distinto, seguí intentándolo una y otra vez. Hasta tu voz y tus gestos son distintos, de eso me di cuenta nada más hablar contigo, en el taller de Gato, que no sabes lo que  me costó hacer que no te conocía, gritarte que me reconocieras de una puta vez. Allí ya me convencí de que Gato tenía razón, de que definitivamente tú ya no eras Atlas y de que no habría vuelta atrás. Si lo hubiese tenido tan claro  desde que te capturaron,  me hubiese ahorrado verte estos cinco años, intentar llegar hasta ti, porque  ha sido lo más terrible que me ha ocurrido en la vida…….. Era chocar contra un muro una y otra vez……. Eras tú pero no eras tú…..  Tenías el cuerpo de Atlas, la cara de Atlas, su misma manera de mirar, pero con otro cerebro, otros recuerdos, otra vida, otro yo……”  y se tapa la cara con  las manos para esconder un gemido entre el llanto, tan desgarrador o más que los anteriores. Cuando por fin se recupera, entrecortada, continua:

 

 “ Tú….Quiero decir….Él…..Atlas……Era tan especial, tan increíble…….Siempre andábamos peleándonos, pero daba igual. De hecho, el día antes de que te capturaran”

( le pongo cara rara) “quiero decir, de que lo capturaran, tuvimos una bronca increíble, y yo…..Yo….No me lo perdonaré nunca” ( otra pausa para tomar aire) “…… El dio  un nuevo brío a todo esto, tenía una manera tan distinta de ver las cosas…¿ Ves?” ( señaló a nuestro alrededor con la cabeza) “El túnel biblioteca fue idea tuya….Suya…Creía que los libros no sólo son el texto, sino también el objeto, que no sólo había que guardar sus ideas sino también el formato. Él se reía diciendo que los humanos sin fetichismo no son nada…Esa manera de ser y de pensar tan suya….. Tan especial….Tan increíble…..”

 

 Nunca nadie me había llamado especial, ni increíble.

 Porque yo soy yo, de nomenclatura JJ_56/T. Mi tutor es 45-5/Q, al que llamo, o llamaba Cobalto. Trabajo desde hace cinco años en la Sección Delta........ Llevo más de media hora repitiéndome la misma letanía, aprendida a base de recitarla en los controles de seguridad,  y ahora empieza a sonarme como hueca, falsa.

 ¿ Y si fuera verdad? ¿ Y si tuviera razón? Pero, no, no es posible. Yo soy yo , de nomenclatura.......Sin embargo.....Son demasiadas pruebas, y lo peor es que ahora parece que todo empieza a encajar, porque lo que antes no tenía sentido ahora recobra una nueva luz, coherente, lógica, sin resquicios de duda.

 Pero no es posible....Los recuerdos......Recuerdo a Cobalto, a mis compañeros de trabajo, recuerdo a mi jefa, recuerdo mi primera cama de silicona, mi primera unidad de habitación, hasta las manchas de humedad que había en algunas paredes.

 Trude, más calmada, observándose las manos como si las hubiese encontrado allí de nuevas, retoma la confesión

  “ Sé que todo esto debe ser dificilísimo de encajar, porque ellos lo hacen muy bien. Ellos saben que la memoria lo es todo , y por eso borran totalmente los antiguos y trasplantan  nuevos recuerdos, y si dijera reales no sería mentira, porque en el fondo son implantes, recuerdos de verdad.....Pero tú no los has vivido, tienes que creerme; esa no es tu vida, es la de otro o los recortes de otras vidas, yo no  sé como funciona. Puedes saberlo porque a pesar de haber perfeccionado la técnica, todavía no han sido capaces de guardar recuerdos relacionados con el olor, ni con la música, ni con el frío, ni con el calor, ni tampoco con lo sueños, esas sensaciones imprescindibles que tú habrás comenzado a almacenar desde hace cinco años a esta parte”.

 Dificilísimo de encajar……Si sólo fuera eso……

 “Ya veo que sigues sin creerme…….Mira; si no hubieses ido tú mismo a buscar a Gato preguntando por Atlas, precisamente por Atlas, nunca te hubiésemos traído hasta aquí., pero fuiste, y  aunque Gato no confiaba, yo le pedí que te diera otra oportunidad, la última. Por eso no vuelvas a decir que te mentimos nunca más ¿ Entendido? Nunca más” ( ahora parece enfadada mientras levanta el puño apretándolo)  “Si ahora no me crees imagina como hubiese sido que te  lo contase Gato en su  taller….Así que decidimos traerte aquí , pero sin esperar que recordaras…..Yo ya sólo me conformaba con que me creyeras al ver todo esto…. Las cosas han salido así sin un plan previo, hemos ido improvisando, no hemos tenido tiempo de pensar…”

  ¿ Y yo?¿ Qué puedo hacer ahora? ¿ Aceptar su versión de la historia? ¿ Repasarme toda la vida de Atlas para tratar de ser como él, intentar imitarlo?  ¿ Dejar de ser alguien cobarde, gris, perdido, para convertirme de la noche a la mañana, como si tal cosa, en alguien especial y diferente? ¿ Renuncio a recuerdos que son los que siento como míos por los de alguien que parece un personaje de ficción inalcanzable? ¿ Acaso es posible no volverse loco sólo de pensarlo?

 Pero son tantas las evidencias, tantas las pruebas….. Si lo presenciado en el depósito número veintisiete es ficción, alguna droga o algún sueño inducido para engañarme, me doy por vencido, porque  lo han hecho  de manera magistral, cojonuda.

 Noto angustia, ansiedad, mareo. Sudores fríos y sudores calientes que vienen y se van y  me dejan sumido en un profundo escalofrío. Una arcada tras otra me apalean la garganta tratando de escalar. La mirada que se me nubla.

  “¿ Te encuentras bien?” ( Trude se me acerca con expresión preocupada) “Tienes muy mala cara…..Voy a buscarte una habitación para que descanses tranquilo……Llevas unas horas  demasiado intensas como para no estar rendido. Dame unos minutos que voy a preguntar”…….

 La realidad del túnel biblioteca se difumina.

 El rostro de Trude se emborrona.

 

 

 

 

 

 

 

   Hace un calor horrible, sofocante, casi no deja respirar porque el aire es pesado y amarillento, lleno de polvo. El sudor me cae sucio por la cara y lo veo en las yemas de los dedos cuando me limpio. Tengo la ropa empapada y en el intento de andar entre las dunas fósiles, hace ruidos mojados. Una cabeza asoma una duna más allá, una cabeza conocida  , pero distinta, con un corte de pelo militar, rotunda, firme. Es Gato. No lleva clavos en el cráneo y así están tan increíblemente  guapo que cuando  se vuelve hacia mí y  grita con voz socarrona “ ¡ Deja de quejarte y aligera el paso!” sólo me queda obedecerlo y seguir.

 

 Cuando se vuelve me mira de otro modo, especial, con un punto de cariño que hace que una frase  que debería ser un reproche suene a mensaje animoso,  aún así, no puedo evitar que de mi boca salga un  “¿Pero cuanto queda?”, al que Gato responde  sin mirarme, bajando una nueva duna durísima y amarilla, levantando el dedo anular en respuesta.

No se las veces que he debido caerme, pero las rodillas me queman, y las palmas de las manos están tan arañadas que no parecen palmas de las manos.

 A nuestro alrededor, el horizonte de dunas  es infinito, inabarcable, y allá donde se mire siempre se encuentra un mar de dunas petrificadas como olas inmóviles y no parece que podamos encontrar algo distinto en las próximas horas o días. El color amarillo se lo come todo. Escucho a Gato decir, sin verlo “ ¡ Debemos apresurarnos o no llegaremos a tiempo!”

  Ni sé de donde vengo, ni conozco el lugar al que debemos llegar a tiempo, y sin embargo, sigo el rastro de las botas de Gato en el suelo lleno de grietas, agreste e incomodo, tropezando una y otra vez , así muchas bajadas y subidas, con el sabor del polvo donde antes debería haber saliva. A veces veo a Gato mirar un aparato que debe ser  una brújula y comprobar la altura del sol que empieza a acercarse a la línea que separa el cielo de la tierra, aminorando la experiencia bochornosa  en la que se ha convertido  respirar.

 Está tan guapo así que daría lo que fuera por alcanzarlo y besarle la cabeza .

 “ ¡Ya llegamos, ya llegamos!”

  Y me hace subir  a la duna más alta, a cuya cima parece que nunca vamos a llegar. Yo refunfuñando , Gato tirándome piedras y tierra y diciendo que me calle.

  Cuando llego arriba, por fin,  me faltan pulmones para respirar. El aire se ha vuelto más agradable, más fresco. Extrañamente,  en la cima, hay suelo firme, haciendo un círculo irregular, una especie de circo  con  algunas rocas en los bordes. Es  inquietante, porque parece que alguien lo hubiese traído desde el aire y lo hubiese puesto allí. . En  el círculo,  líneas de colores gastados  dibujan símbolos desconocidos.

 Gato me llama con la mano para que me acerque a él, mientras me recrimina “ Ahora te vas a tragar todas tus putas quejas y de aquí en adelante siempre confiarás en mí “. A nuestro alrededor, la extensión infinita de dunas  empieza a abrazar la penumbra del atardecer, y la luz difusa le da a lo que antes era un infierno, una belleza salvaje y desnuda … La sensación de estar  volando pero con los pies en el suelo, la sensación de tener toda la inmensidad al alcance .

Me da la mano. Mira el reloj , mira el aparato que debe ser una brújula , pone cara de niño travieso “ ¿ Preparado?” me pregunta, y yo asiento. Entonces señala al sol, al borde del horizonte, y justo cuando va a cruzar la línea hacia la noche, se escucha un murmullo lejano que se acerca y que  proviene del suelo, como si el sonido que produce el agua al correr lo produjera la tierra. Y de pronto, algunas de las dunas, en ritmo pausado, parecen moverse, de hecho  se mueven ondulantes hacia arriba en un mínimo terremoto  para hacerse  cráteres y dejar salir formas redondas de aspecto acuoso,  burbujas gigantes de agua, sin violencia, en una coreografía de lo lento que impresiona y da paz. Burbujas torpes y pesadas que al tomar contacto con el aire quieren volar pero a duras penas se mantienen. En toda la extensión del territorio que desde allí controlamos, cientos, miles de burbujas salen al exterior y vuelan torpemente. Algunas chocan entre sí y producen una explosión de miles de gotas con un ruido cristalino . En algunas de las hondonadas empieza a verse el agua correr mientras el sol ya se ha despedido y  los pocos rayos  de luz que quedaban agonizan en la incipiente oscuridad reflejada en el agua. Explotan diez, cientos, miles, y el ruido que producen al chocar tantas en tan corto espacio de tiempo hace que nos tapemos las orejas porque se hace insoportable. Caemos al suelo derribados y para protegernos nos abrazamos, mientras el agua nos empapa como en una tormenta furiosa y terrible.

 Cuando parece que se ha calmado todo, con cuidado, abrimos los ojos. Gato me pregunta  como estoy y le digo que bien. Tiene los ojos llenos de chispazos alegres  y sonríe como un niño travieso que acaba de hacer una fechoría; está tan guapo con ese corte de pelo que no puedo evitar ( ¡ Por fin!) besarle en la boca, mientras con las yemas le acaricio el cráneo para agarrarlo luego con fuerza, y aunque se me hace rarísimo, lo beso, y él no me aparta, al contrario, se mezcla conmigo en un baile de lenguas que me hace perder el equilibrio, en un abrazo empapado. Sus besos saben a tierra y a pimienta y es como si fueran más allá de la boca y me tocaran por dentro, sitios que yo ni siquiera tenía, recovecos de mi cuerpo que el sí parece conocer. Se separa de mí. Me coge la cabeza con las dos manos  y me la mueve para decirme: “ Y ahora, mira.”

  Y miro.

 Y  el espectáculo es tan maravilloso que no tengo palabras, por mucho que mi boca se abra y mis ojos intenten atraparlo todo, pero es imposible.

 Noto como Gato a mi lado se sonríe al ver mi expresión estupefacta.

 Lo que antes era un desierto pétreo y amarillento ahora es un gigantesco mar en calma, con el reflejo de tres lunas en sus aguas  que dan a la noche luz suficiente para sentirnos muy lejos de la oscuridad. Una luna amarilla llena, otra roja menguante y otra parda fina como una uña, en un cielo con tantas estrellas que cualquiera diría que no aguantará su peso y se nos vendrá encima. La combinación de las tres lunas a distintas alturas produce reflejos y brillos en millones de matices y hacen del mar un espejo multicolor inabarcable, indescriptible por mucho que me quiera empeñar.

  A lo lejos pasan volando un grupo de aves de majestuosas alas plateadas que dejan una estela de polvo brillante a modo de camino por el que han volado, un rastro que hace  del cielo  un gigantesco lienzo aéreo. Su vuelo es parsimonioso, sin atender a nuestra presencia, elegantes y de belleza fría.

 

 Tres lunas de fondo.

 Del mar salta de pronto un pez de gran tamaño que al llegar al cenit de su parábola, golpea su aletas y produce mil chispazos de luz, como los más impresionantes fuegos de artificio. Es como si fuese imposible estar en un sitio más perfecto , sintiéndonos los reyes de la creación, como si Gato hubiese creado semejante maravilla para mí. Todo concuerda y todo encaja. Gato me dice:

 “Mañana, cuando salga el sol, en pocas horas esto volverá a ser un desierto y todas sus criaturas morirán. Pero el hecho de formar parte de este sitio y de este momento justifican su existencia. Viven una única noche como si fuera toda una vida” Trastornado, miro a Gato para decirle “Esto es lo más increíble que nadie me ha regalado nunca”

 Ahora es él quien toma la iniciativa y me besa. Y da la impresión de que podríamos parar el tiempo con la fuerza de nuestros besos. Yo lo abrazo pero me faltan brazos para poder abarcarlo como yo quisiera. Repetidamente, paso la mano sobre su cabeza rapada y creo que pocas cosas pueden darme tanto placer. Él cierra los ojos y casi ronronea…Como un gato...

 Tres lunas de fondo y nosotros dos.

 Por fin le digo:

 “Confío en ti “

 

7. BAJO EL PUNTO MÁS ELEVADO DE LA CÚPULA

Ahora pienso ese momento y tengo claro que no asimilé bien la pregunta,  ni pude analizarla en toda su importancia, porque lo único que conseguí  balbucear fue un

 “¿ Como?” trastabillado. Si de verdad hubiese sabido la altura y profundidad de la pregunta , nada de lo que sucedió después hubiese sucedido porque yo no hubiese reaccionado igual , pero  supongo que eran tantas las dudas y misterios que mi mente no daba para más. Enseguida olvidé una posible respuesta, cuando el otro extremo del túnel biblioteca se fue iluminando al paso  primero de un punto negro que luego  se convirtió en una figura humana  que corría hacia nosotros y que resultó ser un niño.

 Un niño.

 Mi capacidad de sorpresa estaba empezando a perder cualquier límite.

Ver a un niño, así, solo, libre, corriendo era casi  imposible en la vida diaria y normal. Encerrados en las unidades de educación, pasaban los años aislados y adoctrinados hasta cumplir la mayoría de edad. De hecho, los únicos niños reales que recuerdo son los que convivieron conmigo en la unidad de educación, pero el roce era tan leve, las relaciones estaban tan controladas que apenas podría describir un rasgo físico de alguno de mis compañeros. No dejaba de tener su gracia que  el enorme esfuerzo invertido en hacernos buenos y dóciles ciudadanos tuviese tan alto grado de fracasos; pocos eran los que conseguían ser aptos para trasmitir sus genes, los suicidios eran abundantes, y las reprogramaciones, ya dije; todo el mundo conocí a alguien a quien le habían borrado completamente los recuerdos.

 El niño llegó a nosotros  muy rápido y veloz, vestido con ropa varias tallas más grande que le daba al correr un aspecto chistoso. Al pararse en seco frente a nosotros, respirando entrecortado, su cara con brillantes gotas de sudor no era de chiste; era como si hubiese visto a un fantasma, a un muerto. Y me miraba  a mí.

 Hubo unos segundos eternos en que él me clavaba los ojos , yo miraba a Trude, Trude miraba al niño y  reproducíamos un conversación inconexa triangular  de miradas indescifrables.

 Entonces el niño hizo algo que me dejó paralizado, sin poder reaccionar. Se abalanzó sobre mi cuello y me abrazó estremecido, casi podría asegurar que estaba llorando. Un abrazo tan profundo de un niño desconocido y yo allí, sin saber que hacer, de brazos caídos, agachándome por el peso de su cuerpo…. Era como si mi mente  se hubiese acostumbrado a aceptar acontecimientos sin lógica.

   Miré a Trude interrogativo. Observaba la escena como si estuviese en otro sitio, en otro tiempo, como si mirase a través de nosotros. Los libros iluminados en curva nos rodeaban.  El abrazo me pareció que duraba una eternidad. Una eternidad que daba gusto vivir.

 El corazón me saltaba loco, pero en saltos dulces y placenteros.

 Hasta que volviendo a la realidad, Trude dijo:

  “ Vamos, Argeo, déjalo. Él no recuerda nada, tienes que hacerte a la idea. No podemos perder ni un segundo más si la asamblea ha comenzado ya”

  “ Hace diez minutos” respondió él, recomponiéndose,  como si no hubiese pasado nada.

 “Bueno, ya está bien;”- (ahí ya exploté)- “ explícame de una puta vez que ocurre o no me moveré de aquí ¿ De qué asamblea habláis? ¿ Por qué tantas prisas ? ¿ De qué me conoce este crío?”

 El pelo de Trude seguía sin vida, en un amarillo pálido que le daba a su rostro una expresión de gravedad:

 “Tendrás que fiarte de mí – dijo muy seria- Si te lo explicara ahora no me creerías y te aseguro que es más importante que estemos en la asamblea lo más pronto posible. Confía en mí.- ( hizo una pausa expresiva)- Por favor.”

  Su mano se puso en mi hombro, apretando con cuidado y con el gesto  serio.

 Me pedía que confiara, a mí , que nunca había confiado en nadie por no crear lazos ni relación, yo, que apenas hablaba al cabo del día con dos o tres personas en la Central Tres y sólo de temas de trabajo. Yo , que siempre había sido yo, tenía que luchar contra años de lecciones, de discursos, de ejemplos que me habían enseñado que para sobrevivir es mejor ser uno mismo y no meterse en líos por  confiar.

 Sin embargo, es posible que en esos momentos el instinto de supervivencia sea más fuerte que lo aprendido, porque a pesar de las contradicciones y argumentos que peleaban en mi cabeza,  inicié de nuevo el paso, sin preguntar más, tan rápido como ellos iban, porque no me quedaba otra, porque Trude era mi única posibilidad.

 Las luces acompañándonos.

 Mi cabeza a punto de estallar sin entender nada pero dirigiendo un movimiento automático.

 El círculo de luz al final del túnel haciéndose cada vez más grande.

 El niño, Argeo, pecoso de pelo revuelto y orejas agujereadas como un colador, quizás la huella de antiguos pendientes, sin quitarme la vista, incrédulo.

 Y salimos del túnel-biblioteca, a una especie de hall lleno de enredos y cacharros, maquinas que parecían abandonadas de mala manera, hasta dar con unas grandes y monumentales puertas en bronce, decoradas en cuadrantes , los  relieves reproducían escenas que parecían sacadas de la Biblia, con una delicadeza en las formas. Si hubiese que ponerles un nombre yo las hubiese llamado “Las puertas del paraíso”.

 Trude me apretó la mano, para sacarme del ensimismamiento estético, deteniendo el ritmo y las prisas, y me dijo muy seria: “Pase lo que pase dentro de la asamblea , escuches lo que escuches, no desfallezcas, no te cierres. Debes estar preparado para todo . Y por favor, confía en mí.”

 Daba igual lo que me dijera. Hacía horas, que había perdido la capacidad de asimilar cosas y de calibrarlas. La realidad se había vuelto una ficción que se observa desde fuera, sin tomar parte, sin sentir emociones. Por eso puedo decir que lo que ocurrió en la Asamblea fue como si no lo hubiese vivido, como si no fuese yo el que estuvo allí. Lo que no sabía era hasta que punto esa sensación  era irónica. Cabrona. Lo peor.

 Antes, Trude abrió la puerta. Lo primero fue el murmullo, un murmullo como el agua pero que era de gente. Lo segundo fue ver la gran cúpula de cristal que cubría la gran sala,  puede que antes transparente, ahora agrietada y sucia, pero de una belleza especial, decadente , con las  enredaderas que un día la rodearon por las orillas, muertas, en cientos de ramas rotas que alguien debería haber recordado podar, porque daban a la cúpula un aire fantasmal, lleno de zigzag vegetales , pero tan bonito en su decrepitud. En el  graderío la gente mostraba una efervescencia inquieta que hizo que nadie advirtiese nuestra presencia. Se repartían en grupos; la mayoría de pie y muy pocos sentados, y en el círculo central, una anciana de túnica morada (¡ un anciana!) trataba de calmar los ánimos. Lo curioso es que la mayoría de grupos estaban formados por gente de todas las edades, casi podría decir que eran como familias, por las distintas edades, alturas y sexos. Pude distinguir hasta una mujer embarazada ( ¡ Embarazada! Hasta en eso nos/me habían mentido.....La fertilidad era posible; la barriga ovoide  de esa mujer lo demostraba)

Con tantas superficies, construcciones y espacios, estaba claro que el depósito número veintisiete no era más que una entrada, que “ El grupo terrorista Atlas “ ( como así los llamaban los informativos del Más Allá) habían aprovechado toda la gigantesca infraestructura del subsuelo de la Central Hídrica , que en algún momento se abandonó, para construir otra sociedad paralela, aprovechando sus lugares y dándoles un nuevo uso, tan distinta y tan opuesta a lo que vivíamos arriba  que a esas alturas, la sensación de estar soñando, se había apoderado de mí .

 

Bajo el punto más elevado de la cúpula, uno de esos ancianos a los que mi entendimiento todavía no se acostumbraba, una mujer enjuta y encorvada, trataba de poner orden y pedía calma, sin conseguirlo, nerviosa y agotada.

  Si mi entendimiento no se hacía a la idea de ver a aquellos ancianos es porque nosotros, como miembros de la sociedad perfecta que los del Más Allá publicitaban en edificios, paredes y pantallas de Ciudad Thader, nunca seríamos viejos. Al llegar a los cuarenta y cinco , durante los doce meses que duraba esa edad, había que presentarse en la Sede Regenerativa correspondiente donde se nos libraría de un cuerpo enfermo y caduco que ya no servía. Si se había sido buen ciudadano, nuestros genes pasarían a un nuevo cuerpo recién nacido que daría paso a una nueva generación de un nuevo yo. El jamás demostrado y dudoso paraíso cristiano como premio, había sido sustituido por una realidad genética. Y es que la obsesión por lo nuevo de los del Más Allá rayaba lo enfermizo.....Si no se había cumplido con las normas, si el currículo y el historial no eran los aptos, si había alguna mancha en la trayectoria vital o el tutor consideraba que la herencia no era viable, quedaba la oscuridad y el olvido, genes que se perderían en el humo de un horno crematorio disuelto en el aire y confundido con las nubes de Ciudad Thader. “ Todo por mejorar y mejorarnos “, o eso decía el gran cartel luminoso que decoraba el edificio frente a la ventana de mi habitación . Todas las mañanas me saludaba y me lo recordaba antes de salir hacia el trabajo en la Central Tres.

 

  La imagen de la gente entrando en las Sedes Regenerativas, entre sonámbula e hipnotizada, caminando y subiendo escaleras por última vez con el que sería su antiguo cuerpo, solos, sin nadie cerca  para despedirlos porque se consideraba una deshonra, era  una de las más turbadoras posibles. Yo siempre evité pasar por la puerta de la  Sede de mi barrio, y si en alguna ocasión  olvidé dar un rodeo , el escenario protagonizado por aquella gente subiendo las escaleras me trastornaba durante meses, pero no por el hecho de que fuera su último paseo; lo inquietante es que subían con una amplia y satisfecha sonrisa, con aire de estar convencidos y tranquilos, entregados a lo que ellos creían que era el mejor de los destinos, aunque fuese inducido. Eso era lo más terrorífico, porque a pesar de las numerosas charlas, de las instrucciones en la unidad de formación,  pese  a que todavía me quedaban años para subir las escaleras,  la cobardía, ese monstruo que se lo come todo, que me tenía acorralado y dominado y que hasta hacía apenas dos días me guiaba los pasos,  se apoderaba de mí sólo con imaginármelo. En el fondo nunca me creí toda aquella filosofía que casi era como una religión ( tan prohibidas y perseguidas en las últimas décadas por los del Más Allá). Verlos a ellos sonreír mientras subían al paraíso ganado a base de ser  ciudadanos modelo era la más dura demostración de que yo nunca sería como ellos. Porque todos ellos se parecían, eran casi iguales en sus maneras y en sus vivencias, en su convencimiento de que subiendo las escaleras tendrían un futuro mejor. Pero yo no. Yo era distinto; cobarde, con dudas y  escéptico, aunque supiera disimularlo  muy bien y parecer uno más, uno de ellos. El miedo siempre me había acompañado, y aunque hubo en mi vida cientos de días en que hubiese dicho se acabó, nunca lo hice. Como nunca daría paso a una nueva generación, cada vez lo tenía más claro.

 Paciencia, hubiese dicho Cobalto. También me diría en innumerables ocasiones esas frases manidas y hechas con las que nos bombardeaban y que en su boca sonaban nuevas, improvisadas y reales:  “los años te darán tranquilidad y te convencerás de que es el mejor destino posible, el único por el que merece la pena luchar. Y cuando vuelvas a nacer en otra joven y fuerte generación, comprenderás que merece la pena.”

 Me preguntaba si en esos momentos, Cobalto, estuviese donde estuviese, practicaría la paciencia y se creería todas esas consignas que tan creíbles salían de su boca.

 

    La anciana de aire venerable emanaba a su alrededor una atmósfera de respeto y sabiduría. Exceptuando fotos prohibidas que circulaban en ciertos ambientes, era la primera vez que veía a alguien de esa edad vivo, respirando despacio, con el peso de los años retardando cada uno de sus movimientos, gestos y palabras. La voz bronca y cansada .Una gran melena lacia y blanca le caía por debajo de la cintura, y vestía una ancha túnica morada de tela vaporosa que daba a sus movimientos la impresión de levitar. Que bonito el color morado. Que profundo, que sentido. Acostumbrado a la uniformidad de grises, marrones y tostados por los que optaban la mayoría de mis conciudadanos ( “ Ser uno más” decía otro de los eslóganes que sonaban sin descanso en el suburbano), aquella gente parecían de otro planeta sólo por vestir con ropas diferentes y combinaciones imposibles, aunque las telas se vieran de un simple vistazo desgastadas por el uso, daba igual. Rojos potentes, amarillos brillantes, verdes pacíficos, azules profundos.....Una policromía  que daba felicidad con solo mirarla.

 A eso lo llaman belleza ¿ No?

 Tanto tiempo que no veía tantas cosas bonitas, que el impacto visual,  el contraste con la realidad de arriba se  hacía considerable, inabarcable. Puede que estuviesen ajadas, descuidadas, casi en estado ruinoso, pero precisamente por eso su belleza aún era más real y verdadera.  Quizás ese había sido el mayor error del Más Allá; olvidar la búsqueda de la belleza porque sí, sin ninguna intención de fondo,  con la única razón que ella misma para hacer ciertas cosas.  Sí, ese era su mayor fracaso; ahora lo tenía claro.

 Así , el depósito número veintisiete se estaba convirtiendo para mí en algo más, un sitio donde la vida como la concebían los del Más Allá no tenía cabida, donde la masa se transformaba en individuos, donde había lugar para la belleza, para  el color, para los libros, para gente como Trude y Gato,  exclusivos, distintos, intransferibles.... Gente única y excepcional a la que no le importaba incumplir las normas si su vida se llenaba para que tuviera un sentido más allá de dar paso a una nueva generación. Un lugar donde los niños eran niños y podían vivir su propia infancia en plena  libertad de equivocarse y cometer errores, sin tener que repetir las millones de infancias idénticas que otros niños habían vivido. Un lugar donde las caras tenían permitido llenarse de arrugas y surcos porque eran sinónimo de experiencia , de vida vivida con orgullo  y donde  las personas no tenían fecha de caducidad. Un lugar donde seguro ( sin habérmelo comentado nadie, sin que tuviese ninguna prueba)  tener una generación más en la nomenclatura no era sinónimo de ser superior.  El depósito número veintisiete era el reino de  las excepciones, de lo asombroso tras lo inaudito, de la gran sorpresa antes de una sorpresa mayor y eso había provocado en mi cabeza un desbarre neuronal, donde sólo la capacidad de observar se mantenía. Estas reflexiones las hice mucho después, porque si hubiese sido capaz de asimilar y analizar en el momento, quizás hubiese participado de manera más activa en lo que vino después, pero me limité a ser un sujeto pasivo, llevado y traído, como quien asume que está en un sueño y espera despertar de un momento a otro.

 

 

  Mientras la anciana pedía silencio con las manos sin conseguirlo, nosotros permanecíamos semiescondidos en la entrada, abrigados en la zona de penumbra de la cúpula. Argeo me agarraba la mano muy fuerte, como con miedo a soltarse, resbalosa del sudor, sin dejar de mirarme con pupilas de cercanía, extrañeza y emoción. Una mirada que yo esquivaba porque parecía preguntarme y  no hubiese sabido que responder o que decir. Trude sin embargo estaba absorta y concentrada en la escena, nerviosa y expectante, su pelo en un naranja de fuego.

 

 

  Ocurrió de pronto que una chica reparó en nosotros, una adolescente de mechones irregulares que no tendría más de diecisiete años, con unos grandísimos ojos negros tan asombrados que parecía que se le saldrían de las cuencas, que se quedaron atravesándonos mientras su boca se abría, tratando de articular una palabra que no era capaz de salir, congelada en la impresión de vernos.

 

 Levanta su mano y nos señala. En realidad me señala a mí, en concreto, con un dedo que tiembla tanto que alguien lo podría describir como el síntoma de una enfermedad. Y de pronto, por fin, grita:

  “ ¡¡¡ Es Atlas!!! ¡¡¡ Trude ha traído a Atlas!!”

 Se hace un silencio que pesa envuelto en murmullos de sorpresa e incredulidad. La gente se pone de pie, se vuelve hacia nosotros y mira asombrada, mientras el nombre de Atlas pasa de boca en boca como un eco en sordina . La realidad se acelera mientras Egeo aprieta tanto sus dedos que me hace daño y yo soy incapaz de interpretar que esta pasando.

 Debo estar perdiendo la cabeza o algo peor, porque nos miran a nosotros, pero no al niño, que es bajito, ni a Trude, que está a mí derecha. Me miran a mí.

 La anciana de túnica morada y cabellera larguísima se hace cargo de la situación, adelantándose unos pasos para preguntarle a Trude, enfadada, increpando, terrible:

  “ ¿ Estas loca?  ¿ Cómo te has atrevido? Habíamos decidido y votado que esto no podía suceder. Esta imprudencia garrafal está poniendo en grave peligro nuestra seguridad y nuestra supervivencia”

 Trude se adelanta airosa, llevándonos  con ella en un “vamos” decidido e impetuoso, para luego increpar :

 “¿ Acaso tenemos otra salida? ¿ Acaso no está claro que han localizado la mayoría de nuestras posiciones y es posible que sólo nos queden unos días, unas horas como mucho?”

 “¿Y de que sirve  traer a Atlas aquí? Ya no es el que conocimos, se ve claramente con sólo mirar su expresión , y si han dejado que llegue hasta nosotros es más probable que lleve un localizador, o ser el mismo un farsante, un intruso que tarde o temprano nos venderá.”

 

No puedo negarlo más. Es evidente que cuando dicen “Atlas”, se refieren a mí, me señalan a mí, pero yo no puedo creerlo. Me dan ganas de gritarles a todos, incluida Trude, si se han vuelto locos o es que  quieren volverme loco a mí, porque es como si hablaran de un tercero, aquel al que yo busqué para que me ayudara, el que tiene fama de haber sido el rebelde que más tiempo ha conseguido escapar , el hombre del que circulan millones de historias y leyendas. Unos lo describen como gigante y fornido incapaz de tener piedad y causante de los asesinatos más viles, otros como un viejo ágil que asalta Unidades de Formación para raptar  niños,  otros como una mujer con ansias de venganza que se ha puesto a la cabeza de un ejercito de locos que bombardea Sedes Regenerativas y Centros Laborales. Los del Más Allá también lo hacen responsable de la matanza en la plaza de la Concordia, una barbaridad en la que murieron miles de personas . A la gente del trabajo la he escuchado otras cosas, desde que quiere romper el orden en un mundo nuevo, hasta que se dedica a violar jovencitas para luego matarlas. Pero lo que más he escuchado, cientos de veces, es que lo habían capturado, anulado y que su célula terrorista había sido disuelta. Sin embargo, al poco tiempo, leíamos como de nuevo había vuelto a atacar y podías ver algunas caras en el suburbano al escuchar las noticias, suspirando aliviadas, con una disimulada sonrisa que sí, esas sí que me daban satisfacción.

  Es como si los dedos que me señalan , las decenas de  ojos que me escrutan y analizan, me atravesaran y fueran dedicados a otro, alguien detrás de mí. Es por eso que en un acto tonto-reflejo miro hacia atrás y no hay nadie; sólo estoy yo, Argeo de una mano, Trude un paso más adelante y el absurdo instalándose en la realidad, tan inconcebible que me dan ganas de reír, de despertarme de una vez .

 Pero la realidad continua.

 “ Ya lo hemos comprobado y no tiene ningún localizador. Por eso quizás tenemos posibilidades” gritó Trude,  dirigiéndose no sólo a la anciana sino a la grada, en una arenga que tenía mucho de política” Hay gente que sostiene que con bioneurotina es posible revertir el proceso de reprogramación. Si conseguimos traer de nuevo al antiguo Atlas aquí, sería un golpe  del que difícilmente se recuperarían. Se sabía de memoria muchas de las claves de acceso a los edificios gubernamentales, muchos de sus planos, aunque sólo fuera por el impacto en la moral de ellos que causaríamos, sólo por eso merecía la pena. Pero para eso, antes él tendría que volver a ser como fue......”

 ¿ Revertir? ¿ Reprogramación?¿ A qué coño se refiere? Yo soy yo, de nomenclatura JJ_56/T. Mi tutor es 45-5/Q, al que llamo, o llamaba Cobalto. Trabajo desde hace cinco años en la Sección Delta , en el piso trescientos sesenta y seis de la Central Tres. Mi Unidad de vivienda es la número 232 del  distrito 8, llamado Barrio del Progreso. Me formé en la Unidad 48, llamada del Orgullo Nacional  Yo soy yo y nadie lo podrá cambiar, nadie podrá demostrar que yo soy Atlas, porque recuerdo , muy difusamente, pero lo recuerdo, el día que entré en la Unidad de Formación, con apenas cinco año, el frío del aula, la cara de asustados de mis compañeros cuando uno de ellos rompió a llorar y se lo llevaron, un niño al que  no  volvimos a ver nunca más pero del que recuerdo perfectamente su rostro. Recuerdo a mi primer tutor, un ser en el que jamás fui capaz de confiar y que estuvo a punto de mandarme a una reprogramación definitiva. Recuerdo mi primer día en la Central Tres, recuerdo hasta el primer día en que vi a Gato ( con  esos clavos, como para no acordarse)  y ya en ese momento me miró con una mezcla de asco , desprecio y temor. Recuerdo el altercado que tuve con él, mi notificación en su contra, la espalda que me dieron los compañeros del trabajo que antes me habían animado a notificar. Recuerdo las primeras palabras de Cobalto, nuestra primera entrevista. Todos esos recuerdos soy yo, y si alguien no se da cuenta, tendré que hacer callar a Trude y a los demás y explicarlo. Sólo me hace falta valor....Como si alguna vez lo hubiese tenido....

 Alguien toma la palabra desde las gradas, un hombre que entra en la madurez de poblada barba negra que casi le ocupa toda la cara:

  Trude, sabes perfectamente que  los experimentos con bioneurotina no son concluyentes. Los fallos son muchos y no tenemos la tecnología disponible. La posibilidad de perder totalmente la cordura son muchas. Y de manera irreversible.”

  “ Pero podíamos intentarlo.....Podíamos probar......” es lo que dice Trude, cada vez más exhausta y agotada, incapaz de cambiar la corriente de opinión del resto de gente. Estoy por gritarle que me deje en paz, que me lo explique todo de una puta vez, que pruebe ella a hacer experimentos con bioneurotina. Mientras, todos me miran, y  me siento utilizado, me siento como un monstruo en una feria, me siento engañado y con la sensación de que a Trude lo que yo opine le importa poco, más bien nada, porque no me ayuda a mí, ayuda a su causa. Supongo que de Gato podría decir lo mismo.

 Estoy tan enfadado que suelto la mano de Argeo de golpe, aunque  siga mirándome con ojos asombrados, y estoy a punto de irme y dejar el sueño convertido en pesadilla y volver.

 Pero volver... ¿Adonde?

 En ese momento , la anciana de túnica morada, retoma la palabra para atajar impaciente:

 “ No hay nada más que hablar. La votación ya se realizó y haremos lo acordado; esperar aquí a que nos recompongamos, a que tengamos más posibilidades para volver a funcionar y darles donde se merecen. Tú y tu grupo debéis acatar las normas si no queréis enfrentaros a un consejo de la asamblea. Espero que se lo hagas saber a Gato, que seguro que también está detrás de todo este absurdo”

 Trude parece desesperada y grita:

 “ ¡ Llevamos cinco años, cinco larguísimos años esperando y nunca hacemos nada! Si no nos movemos, si no tomamos la iniciativa ya podemos darnos por vencidos, porque tened claro que es cuestión de días que nos encuentren, y entonces ya nada podremos hacer....”

 La anciana corta en seco para decir  “ Déjalo de una vez. Damos por concluida la asamblea.”

 Da dos palmadas y la gente se mueve, hacia la salida. Unos me siguen mirando como en una feria de muestras, otros con gesto de reprobación a Trude, ella apretando los dientes y los puños, mirando al suelo, turbia y ensimismada , dejándose merendar por la ira. Pasan por nuestro lado y no dicen nada, caminan en silencio con aspecto apesadumbrado. En pocos minutos la sala de la cúpula queda casi vacía. Y digo casi vacía porque la anciana de pelo de plata interminable no se ha movido de su sitio, y la chica de ojos negros grandísimos y pelo recortado en detalladas, también se ha quedado en su lugar,  al lado de un chico tan parecido y tan igual que casi podría jurar que son hermanos, pero eso sería imposible.......O no.....

 Argeo también ha esquivado a los grupos que salían  a nuestro lado ( dejando unos palmos de aire, cuidándose mucho de tocarnos) y se muestra perdido, con expresión de sentirse la persona más sola del mundo, y me mira, no ha dejado de clavarme las pupilas desde que me lo encontré en el túnel biblioteca, pero ahora esas pupilas parecen haber perdido la intimidad y cercanía que tenían antes.

 La anciana dice, solemnemente:

 “En cuanto a él.......Ojala tenga suerte y no le provoquéis tal marasmo mental que pueda salir indemne y tener una vida que merezca la pena, pero me temo que nunca lo consiguen, nunca salen.”

  Y entonces, inicia el caminar, pasando al lado de nosotros, pero obviándonos de manera clara y certera, como queriendo hacernos daño. Y de hecho, lo consigue, porque me siento tan humillado, tan pisoteado y engañado.

 Nos quedamos otra vez en un intercambio de miradas inconexas. Los que yo creo hermanos, me miran, Argeo me mira, yo miro a Trude, Trude mira el suelo con temblor de barbilla, y los puños tan apretados que cualquiera podría decir que se va a romper las manos.

 Por fin hace un esfuerzo digno de alguien todopoderoso y trata de levantar la cabeza, venciendo una gravedad que parece invencible, también tratando de dirigirme una mirada que no es una mirada de verdad. Lo que veo en su cara es vergüenza, pudor.

 Me dice, tartamudeando:

 

 “Yo...Yo.....Tengo muchas cosas que explicarte”

 “ Vete a la mierda “ le digo yo, y salgo de la sala de la cúpula, dispuesto a escaparme y a no verlos nunca más.

 

6 .EL DEPOSITO NÚMERO VEINTISIETE.

 

   Recuerdo pensar en buscar a Trude y volver sobre el aire volado. Recuerdo una explosión de gozo indescriptible dentro de mí. Recuerdo la adrenalina dándome un chutazo tan bueno, que en algún momento, pese a hallarme en pleno vuelo, cerraba los ojos para saborearlo más intensamente. Recuerdo disfrutar de nuevo de las alturas y los rascacielos de Ciudad Thader sin estar huyendo. Recuerdo dar muchas vueltas y decidir buscar la Central Hídrica, que era lo que había dicho Gato. Recuerdo confiar en que de nuevo los vería a los dos vivos y coleando; si yo lo había conseguido, estaba claro que ellos también.

 

 

 Era la primera vez en toda  la vida  ( una vida  que había pasado en un suspiro, como si no hubiese vivido, como si todos mis recuerdos se pudiesen resumir  en dos frases ) en la que me daba absolutamente igual jugarme la posibilidad de otra generación. La consciencia de ello, el sabor tan duradero que dejaba en la boca, me supo a verdadera gloria, porque yo hasta ese día no supe que el peligro sabe bien. Y da razones. Y hace sentir que estas  vivo.

 Y no hay nada en este planeta mejor.

Sentir que estas vivo.

  Desde siempre, en las unidades de formación, con los tutores, en los trabajos asignados según nuestras cualidades, nos enseñan que sólo el que lleve una vida justa y digna, el que acepte las normas, el que entienda que el Más Allá hace lo mejor por nosotros, conseguirá que sus genes den paso a otro generación . Mis tres generaciones servían para que en las unidades de formación  me dijeran mil veces que debía sentirme orgulloso, que no era fácil tener tres  generaciones, que en mi responsabilidad estaba el llegar a la cuarta.

 Veintidós años de enseñanzas, discursos, educación y lecciones habían sido pulverizados por una huída en moto delta. Por un tele trasportarme con Gato. Por un haberlo dejado  todo sin dudar.

 El peligro sabe bien.

 Porque después de tantas teorías, me sentía como si fuese la primera vez que estaba vivo.

 

  Mientras encontraba el camino entre las nubes de la mañana helada, el recuerdo de Cobalto estuvo de nuevo entre mis pensamientos.

 ¿ Donde estaría ahora? ¿Sería ya demasiado tarde para librarlo de una reprogramación? De hecho……¿ Estaría vivo?

 Paciencia.

 En las primeras visitas que tuve con Cobalto, fue su palabra favorita. Yo venía de una amonestación en la unidad de formación y mi segundo tutor en dos años me dio por perdido, así que como último recurso, me pasaron con él, experto en casos difíciles.

  Tuvo tanta paciencia  que lo mínimo era buscarlo, saber de él. Pero si todo eso lo tenía tan claro…..¿ Por qué debía esforzarme en recordar su cara? ¿ Por qué , sin quererlo, como de improviso y a traición, me aparecía el rostro de Gato a cada intento de justificarme a mí mismo que estaba allí, subido a la moto delta y volando sobre el cielo de Ciudad Thader por Cobalto? ¿ Y por qué , pese a sus desplantes, a qué sus  palabras  eran peor que bofetadas , tenía tantas ganas de volver a ver a Gato para saber que estaba bien y que no le había pasado nada? Y lo más duro de reconocer: me moría por tenerlo cerca,  por volver a aspirar su olor a canela ahumada, por sentirme de nuevo estrechado entre sus brazos.

 Tan rosa y almibarado que sólo podía ser un sentimiento  real.

 

 

 En esos pensamientos como remolinos estaba cuando planee por fin sobre la Central Hídrica , tan reconocible por sus depósitos como blancas esferas gigantescas para proporcionar agua a toda Ciudad Thader y a su área metropolitana poblada de millones de personas..

  La luz de la mañana daba al lugar un aspecto de plantación colosal . Rodeando todo el perímetro antes de llegar hasta ellos,  y de torres de detección controlaban un sitio fundamental para los del Más Allá, porque en Ciudad Thader hasta los más tontos saben  que tener el   agua es tener el poder.

 

 

  Supuse que a esa altura sería indetectable, pero quizás eso era mucha suposición. Reconocer el número de los depósitos fue fácil; estaban marcados a tamaño gigante y desde arriba se podían distinguir perfectamente. El uno, el dos, el tres….

 Descubrí el deposito número veintisiete desde tan lejos, que me dio tiempo a pensar en cómo demonios se entraría, en cómo me localizarían, en lo que iba a encontrarme al aterrizar. Hasta que casi estaba encima. Entonces la moto delta se volvió incontrolable por mis pensamientos y tomó rumbo propio. Reconozco que me asusté, pensé que estaba perdido, que los del Más Allá me habían encontrado, mientras la moto bajaba hacia el deposito veintisiete, cada vez más descomunal, un tamaño que no parecía hecho por humanos cuanto más cerca estaba de él. Tanto, que lo que parecía una pequeña mota de polvo manchando la gigantesca esfera blanca , al ir recorriendo kilómetros, se fue convirtiendo en un hueco rectangular  por donde fácilmente podría entrar una aeronave de tamaño medio.

  Nos fuimos acercando hasta que la motodelta entró en la oscuridad. Durante unos minutos intercambiables por horas no vi absolutamente nada, y me temí (de nuevo) lo peor, así que sólo me quedaba agarrarme fuerte y apretar bien las piernas.

  Como si nos metiéramos en un amanecer, fue llegando luz, al principio muy leve, luego cada vez más, y entonces pude distinguir que estaba dentro de una pista tubular , rodeado de lo que casi  parecía el rompecabezas de una ciudad. Edificios, luces, estructuras, formas de ciudad, pero nada en su justo sitio, nada como debería ser si fuese una ciudad. Pistas de traslado que no llevaban a ningún sitio, edificios de cristal truncados, penumbras y fogonazos, como si los constructores de semejante sitio dispusiesen  de material escaso y tuvieran que desconstruir lo construido para poder volver a construir

  No salía de mi asombro.

 En la zona de aterrizaje ya pude distinguir a gente  ensimismada en  sus trasiegos y ocupaciones, y entre ellos, alguien que emitía destellos de luz roja con  los que parecía  estar pilotando mi motodelta desde tierra.  La moto aceleró hasta que llegamos al final de una amplia explanada rodeada de almacenes de campaña, todo  hecho un desastre, ajado, defectuoso, viejo. Muchas luces no funcionaban y otras parpadeaban sin energía donde por fin se detuvo, y pude ver que era Trude la que había manejado la moto y  se acercaba hacia mí, tirando al suelo el aparato de destellos. Sin quitarme el casco ni la ropa salté hacia ella , que me miraba sonriente enmarcada en un pelo anaranjado con chispazos rojos . 

 

 

 

 Apenas se escuchó su“ ¿ Qué tal? “  entre mis gritos de alegría “¡¡¡ He acabado con uno!!! ¡¡ He acabado con uno !!!” era lo único capaz de expresar, de manera tan incontrolable, que hasta conseguí que Trude me acompañara en los saltos y en las risas.

 Hasta que me acordé de Gato, entonces paré en seco y pregunté por él. “No te preocupes; sabe cuidarse muy bien; siempre sale de todas. Ahora tenemos que irnos”.

Sin apenas dejarme tiempo a que me quitase el equipamiento, tiró de mi brazo azuzándome de nuevo con prisas, y yo ya  me estaba cansando de no enterarme de nada; necesitaba sentarme, tomar aire relajadamente, y sobre todo, hacer preguntas, muchas preguntas sobre la mayoría de  cosas que me habían ocurrido en las últimas cuarenta y ocho horas  y todavía no comprendía.  .

  “¿¿¿ Cómo habéis conseguido esconderos aquí sin que os descubran???” acerté a preguntar.

 “¿ Todavía crees que los del Más Allá saben fabricar agua?” – ( para ella todo parecía siempre tan claro..)- Estos depósitos son una farsa y nosotros nos aprovechamos de su mentira”.

  Trude no me dio tregua; tiró de mi hacia uno de los numerosos túneles que salían de la explanada, abriéndose en abanico en distintas direcciones. Nosotros tomamos uno a la izquierda  oscuro, negrísimo, mientras una corriente de aire  nos empujaba hacia él y convertía a Trude en un ser salvajemente bello, envuelta en una llama amarilla que le envolvía el rostro, los hombros, su presencia musical , su único pecho….

 Porque Trude sólo tenía un pecho.

 Más tarde me confesaría entre risas (  lo concerniente a su vida siempre era contado entre risas)que pertenecía a la hermandad de Amazonas, en la que prometían mantenerse siempre vírgenes y como prueba de compromiso, la demostración de que el deseo para ellas no sería importante (a partir de ese momento ) les hacían cortarse un pecho.

 

 

 El túnel era oscurísimo hasta que pusimos un pie dentro, y entonces se produjo la maravilla. Fue como mágico, especial. Ya sé, ya sé…Era simple tecnología, pero tannnnn bonita .  A cada uno de nuestros pasos se iluminaba una luz y se apagaba la del paso de atrás, dejando a la vista las delicadísimas paredes de cristal de lo que antes parecía un largo pozo en horizontal y ahora se había convertido en la biblioteca más bonita que jamás había visto.

 Los libros llevaban prohibidos varias generaciones con la excusa de proteger el medio ambiente (Ja!), aunque no era raro encontrar en el mercado negro, y conseguir un libro de los raros, era fácil si sabías a quien preguntar. Sin embargo, aquella biblioteca inmensa,  aquella concentración de volúmenes apilados en grandes vitrinas tras la pared curva del cristal del túnel era algo inimaginable. Al menos para mí, que hubo un momento en que tuve que parar porque era incapaz de asimilarlo. No podía cerrar la boca.

Y entonces Trude, con el pelo naranja  revuelto, marcando el ritmo, me explicó que era uno de los proyectos más ambiciosos de Atlas; tener al menos un volumen de todos los libros posibles.

 Recuerdo que estaba diciendo  “…Para él   había  pocas cosas tan importantes como salvaguardar los libros. Esta estructura para almacenarlos también fue idea suya….Tenía unas ideas increíbles….Mierda que tanto esfuerzo no vaya a servir de nada, que todo se vaya a perder. Mierda, mierda, mierda.” y se paró en  seco, mirándome con ojos tristes y húmedos. El pelo  había dejado de crepitar y le caía largísimo,  mustio  sobre los hombros .

Estábamos a mitad del recorrido del túnel biblioteca.

 “¿ Cómo que “tenía”? ¿ Como que se va a perder? ¿ A qué te refieres? ” le pregunté yo.

 Entonces se quedó en un temblor leve, sin la musicalidad que acompañaba sus movimientos, quieta. Clavó sus pupilas acuosas en mí y me preguntó, con la voz temblorosa y entrecortada , con una cercanía y una intimidad que me sobrepasó.:

 “ ¿ De verdad no te acuerdas de nada? “

 

5. NUBES SOBRE CIUDAD THADER

   No me lo me pienso dos veces y  aprieto el puño que acelera ( o eso creo) la motodelta, que se encabrita como un animal. Tal como les he visto hacer, me coloco los guantes que había bajo el asiento y el resto de ropa plateada aislante del frío, de la lluvia y del calor. Otra vez me están temblando las piernas, joder.

 Al principio se mueve a trompicones y hace movimientos borrachos en ESE mayúscula y me alegro de que ni Trude ni Gato estén allí mirándome porque seguro se reirían de mí, viendo como cabeceo, como pongo caras asustadas cuando no puedo controlar la motodelta, esquivando las paredes por los pelos, acercándome al círculo de luz que cada vez es más grande y trae más aire con el que hay que batirse porque tuerce el ala y me impide controlar el equilibrio, hasta que recuerdo que hace siglos que se inventaros los sensores mentales en los vehículos para poder ser conducidos con sólo un pensamiento

( una pura cuestión de ondas) y claro, si mi pensamiento está hecho un desastre, es normal que la motodelta se comporte ingobernable. Así que concentro mi pensamiento y me digo, pero en realidad se lo digo a la motodelta, recto hacia la luz, y la motodelta obedece y  por fin parece que consigo  enderezarla . Acelero y  salgo al exterior , donde el aire helado me da en la cara de sopetón y me espera la atmósfera llena de humo y de nubes, las luces como destellos  difuminados, la sensación de vacío, de estar suspendido en el aire , de no controlar la motodelta  por pensar en todo eso .

Vuelvo a concentrarme : “Todo recto”.

 Trude y Gato esperan fuera, en la boca del túnel, relucientes y seguros en su ropa plateada y Gato  dice “ Si nos dispersásemos, nos encontraríamos en el depósito número  veintisiete de la Estación Hídrica “, y acaba con  un grito de  “ ¡ Vamos ¡” . Tomando velocidad, vuelven a adelantarse. Cuando trató de seguirlos, pienso en qué dejo atrás y  la motodelta da una curva retrocediendo. Entonces veo que no salimos de edificio alguno, sino que es una montaña gris y pedregosa, igual que las montañas que se ven recortando el horizonte cerca de Ciudad Thader, mi ciudad.

Arriba las estrellas. Un tapiz oscuro lleno de pequeños agujeros iluminados. La sensación de inmensidad, de ser el punto más pequeño de todos los puntos. La gruesa capa de nubes venenosas y de luces que nunca duermen  ha hecho que jamás haya visto el cielo estrellado como lo veo hoy, y ya sé que pocas cosas hay tan bonitas y que den tanta paz como mirar las estrellas.

 

 Pienso en seguir a esos dos y la motodelta parece que obedece, a saltitos, con frenazos, haciendo curvas imposibles, pero obedece. La atmósfera espesa y densa como el algodón resta al vuelo vértigo y sensación de altura, porque parece que realmente fuésemos a ras del suelo, un suelo blando que se deshace a nuestro paso, dejando una estela de vacío como una cremallera que se abre en la inmensidad.

 Disminuyen la velocidad y les alcanzo. Gato dice a gritos para que podamos escucharle que debemos disminuir en altura y volar entre los edificios de  la ciudad, porque en esta zona es muy fácil que nos detecten y somos muy vulnerables y frágiles.

 

  Así que dirigimos las motodeltas hacia abajo y atravesamos las nubes, que producen una extraña sensación de cosquillas y humedad. Y de ceguera, porque no se ve absolutamente nada aparte del color blanco deshilachado que se deshace al contacto con la cara.

  Y por fin  como un fogonazo que nos estalla en la cara, Ciudad Thader.

 

  Millones de luces de colores parpadeando, iluminando la noche fría. Torres gigantescas a las que miramos desde arriba para ir acercándonos poco a poco. Gato domina la motodelta con una pericia increíble, hace cabriolas, va y viene. Trude ríe cada pirueta y al tratar de imitarlo, le sale otra cosa, pero los dos parecen felices a pesar de estamos huyendo de algo o de alguien. Se entrelazan haciendo juegos de relevos y pese al viento, pese a la velocidad, pese al motor de los aparatos, escucho sus carcajadas. Yo, con mantenerme encima, me vale.

  Hay algo que cada vez me gusta más; la sensación de sentirse una sola cosa encima de la motodelta, atravesando el aire y acercándose a los techos de las torres de cristal, tan grandes….En realidad, desde abajo apenas tenemos una verdadera noción de lo descomunales que son. Pero yo ahora no miro abajo, no me atrevería, no me quiero ni imaginar el vértigo……. Gigantescos troncos de metal y espejos que de noche muestran un esqueleto iluminado por dentro, desamparado y tristón. Antenas y arbolado  metálico en las azoteas, y sólo el sonido del viento

 Y la velocidad. La velocidad  es narcótica. Y adictiva. Y alucinante. Uno tiene sensación de poder, y por eso cada vez yo disfruto más, y la motodelta es capaz de seguir hasta mis pensamientos más complejos y sutiles. Y me siento un poco semidiós, fuerte, poderoso. Hacemos elipsis abiertas para esquivar las torres, y al pasar por entre ellas,  cerca del cristal, al vernos reflejados, me siento como ellos dos, uno más. Y sonrío, porque hacía siglos que no me sentía tan bien. Trude juguetea conmigo y me golpea  con la moto delta, en una chufla de las carreras de cuadrigas que tantas veces he visto en las películas de romanos  y que jamás pensé que pudiera imitar. Gato parece feliz, contento, y  a veces riza el aire y hace un tirabuzón sobre mí, o se cruza peligrosamente.

  Pasamos por debajo de varios  de los puentes que unen Las Cuatro , el conjunto más alto de la ciudad, cuatro torres como cuatro ciudades horizontales unidas por puentes que las hacen parecer un todo en una atadura colosal, las patas de una mesa cíclope que han echado raíces y se han ramificado. De cada una de ellas cae una cascada de agua que se junta en el centro y provoca el salto de agua más alto del mundo. Verlo de cerca es increíble ( ¡ Algunas gotas me han salpicado! ) un espectáculo que casi me hace perder el control de la motodelta. La música del agua al caer tiene un ritmo extraño, y lo que al principio es un ruido desagradable, consigue hacerse con cierta melodía.

  Las cimas  de Las Cuatro quedan escondidas por las nubes de la noche que empieza a clarear , apareciendo en el horizonte los colores cálidos del amanecer. Su reflejo en los cristales de Las Cuatro multiplica por mil el arco iris de rosas pálidos , y todo se ve tan alucinante que dan ganas de parar la motodelta y quedarse mirando detenidamente.

 Trude me señala los primeros rayos de sol y algo se me remueve por dentro. Desde abajo son imposibles de ver, de hecho, creo que es la primera vez que los veo al natural, sin pantalla que los contenga.

 Definitivamente, pienso, el mundo es un sitio bonito de vivir.

De pronto una figura  que vuela como la luz se refleja en los cristales y rompe la estampa de nata y fresa que me empezaba a creer.

 Je.

 Siempre es igual.

Al final todo se jode.

 El objeto fugaz negro  mancha los colores como una mosca mancharía la leche. De pronto otra. Y otra. Y otra más. Y entonces los reconozco: son ángeles del Más Allá, o así los llaman en la administración, porque para muchos de nosotros son peores que ratas. Vigilan a la gente a través de las ventanas, volando con  sus mochilas antigravedad . Cuando descubren algo sospechoso pasan la información a la Central Tres. También vigilan el espacio aéreo para que sólo sea coto privado del Más Allá.

 

 

 Gato grita “¡ Recordad el destino ¡” acelera y se va. Dos  de los  ángeles lo siguen como meteoritos oscuros mientras disparan ráfagas de rayos azules. Trude me hace un gesto y bordeamos una torre de Las Cuatro, en una curva tan cerrada que  rozo con los cristales del edificio. Un rayo azul da con un cristal y lo pulveriza, casi lo hace desparecer de la nada. Con los dos ángeles siguiéndonos tan cerca que por el rabillo del ojo intuyo su sombra negra, a unos pocos centímetros detrás. Los rayos azules que casi nos tocan no dejan de Siento palpitaciones tan fuertes que parece que el pecho se me fuera a abrir, y todas las venas y arterias me fuese a explotar. Pero de alguna manera, la motodelta se me da bien Debe ser lo único que se me de bien ( ¡ Y lo descubro ahora!). Me hace sentir seguro, capaz de conseguirlo, firme, adulto, de una puta vez, adulto, alguien que controla su vida como controla la motodelta, y lo tengo claro; no me pillarán. Ahora, no, desde luego. Concentro todas mis fuerzas en controlar el aparato y vuelvo la moto en dirección contraria, de regreso a Las Cuatro, en una curva  de aire en la que veo a Trude frenar , mirarme sobresaltada y hacerme un gesto con el brazo para que vuelva, pero yo ya soy capaz. Ya puedo hacer lo que me proponga, y continúo con mi plan.

 Uno de los ángeles sigue a Trude, y si al otro no lo veo, es que debe estar siguiéndome a  mí.

Acelero

Rayos azules que casi me dan.

 Me agazapo cada vez más a la motodelta, mientras algo así como  placer (  por el desafío, o puede que  por el riesgo)  sube como un hormigueo por mis piernas hasta llegar a la polla , en una extraña sensación eléctrica.

 Llegamos a las torres. Escucho el silbido de la mochila antigravedad muy cerca. Paso por debajo de un puente. Ahora por encima de otro. Me dirijo a la gran cascada sin vacilar. Casi puedo ver el perfil del  casco negro . Más rápido. Más.

 

 (El hormigueo se ha convertido en un calambre general y eterno)

 

  Hacia la cascada. El agua empieza a empaparme. Estoy llegando al chorro principal cuando, en una maniobra que no me creo ni yo, desvío la motodelta bruscamente . Y me sale bien.

 ¡ Toma ya!

 El ángel no puede seguirme y entra de lleno en la atronadora cascada de agua para desaparecer.

 Bye, bye.

 

 

 

 

 

4.EL PELO DE TRUDE

   De algún modo, al sentir que me apretaba la mano ( de una manera extraña, difícil de definir en pocas líneas) un acto reflejo me hizo separarme de él, esquivándole  la mirada y negándome a dar las gracias. Pero acto seguido se las di.

 

  “ No me des las gracias a mí, dáselas al test que dio el resultado a tiempo. Si hubiese tenido dudas , ten por seguro que no estaríamos aquí hablando”

Las numerosas cremalleras, anillas y botones metálicos de su mono negro brillaban en destellos  alternos cuando descubrí que me había manchado las manos de grasa negra. La grasa de sus botas por donde trepé, recién untadas, relucían orgullosas y altivas. Ahora tenía dos cosas de él; el olor a canela ahumada entre mis glóbulos rojos y la grasa de sus botas en mis manos.

 

 Es curioso como unos pocos segundos podían hacerse eternos en los silencios que aquel día nos dedicábamos Gato y yo.

 

 Hasta que Trude lo rompió. Rompió el silencio y rompió el transcurrir de los acontecimientos en un antes y en un después. Al aparecer (porque fue una aparición, directamente; no la vi entrar por ningún sitio) en la sala con lo que yo nombraría alguna vez como “presencia musical” las luces fue como si tomaran un matiz más alegre, haciendo que el ambiente electrificado que nos rodeaba a Gato y a mí se convirtiese en otra cosa. A cada paso, en cada una de sus muecas y guiños,  Trude regalaba notas alegres y armónicas en un movimiento de ojos.

 

 Su “Hey, chicos ¿ Habeis acabado ya con lo vuestro?” sonó a canción optimista y a Gato le descubrí una desconocida expresión relajada,  acercándose a una sonrisa. Algo inaudito desde que estábamos juntos.

 Trude tenía uno de los mejores  implantes de pelo artificial que había visto en mi vida. Una gran melena leonina suspendida en el aire sin gravedad, que se movía con el ritmo de las algas que un día debió tener el fondo de los antiguos mares. Porque parecía tener vida propia, como una llama ardiendo , la cara de Trude quedaba enmarcada en medio de los colores del fuego de cientos de filamentos, los que van del rojo al amarillo, lentamente, con una velocidad de cambio de  color casi imperceptible . Además era alta, muy alta, y delgada, y su caminar por entre las mesas atiborradas y la pantallas al aire con el pelo ardiente tenía mucho de espíritu sinuoso, y yo ya supe que nos llevaríamos bien.

 

 Gato dijo “Ella es Trude, compañera de fechorías”, y luego me presentó , mientras se acercaba  con  andar pisciforme y la sonrisa clavada en la boca; no sabía ella lo necesitado que estaba de una sonrisa así. También dijo Holaquetal mientras el pelo tomaba un color sangre profunda y me acercó la mano y yo se la recogí; un gesto un poco tonto que me hizo sentir así, además de torpe y absurdo.

 “Habéis tardado tanto que hemos perdido la posibilidad del teletransporte; deben haber detectado algo y  han cerrado todos los canales posibles” fue lo que explicó Trude. Y así  entendí como me había sacado Gato del metro, saltándose todas las leyes y enmiendas que prohibían el teletransporte excepto para funcionarios y miembros del Más Allá.

En un día me habían salvado la vida dos veces.

 En un día había incumplido dos normas que me cerraban cualquier posibilidad de continuar mi árbol generacional .

 

Gato dijo “ El test no terminaba de aclararme nada, pero ya ha dado el visto bueno. Voy a echarle un vistazo a las motosdelta, a ver como andan”. Y se fue, por otra puerta. Otra puerta que yo no había descubierto en mi escapada.

 Trude y yo a solas con su sonrisa y su “Bueno ¿ Qué te cuentas?” desconcertante pero agradable al oído.

 Pero yo no supe que decirle, o en que modo y mis labios se fruncieron tratando de ser amable.

 Y entonces , de un bolsillo sacó tubitos blancos como de papel y me ofreció uno. Jamás había visto uno al natural, sólo en fotos .

 

 

  Fumar cigarrillos estaba en contra de la enmienda número seis desde hacía muchas generaciones. Era la enmienda que habla de que cualquier perjuicio que se le haga al cuerpo a sabiendas de que es dañino para la salud, es factor determinante para acabar con el árbol generacional. Una, dos, tres…Qué más daba una enmienda más; estaba claro que conmigo se acababa la estirpe.

 Lo cogí y me acercó una resistencia para que lo encendiese.

Aspiré, fijándome en ella para  parecer menos novato. Humo, humo caliente que decían venenoso y a la vez parecía dar un tipo de vida distinta, de algún modo. Fumar sería una tontería pero tenía algo especial, estaba claro. Trude soltaba el humo inclinando la cabeza levemente hacia atrás y juntaba los labios como si dijese U, mientras el pelo le bailaba en un naranja que quería ser amarillo y decía” No hace falta que disimules; es evidente que es la primera vez que fumas. Y lo haces de puta pena, además”.

 Ahí ya tuve que reírme entre toses y eso sirvió para que nos riéramos  los dos. Nuestra primera risa juntos. Y se lo dije, le dije que hacía mucho tiempo que no me reía y que Gato me lo había hecho pasar muy mal, también que no entendía muchas cosas que  estaban pasando, que todo era muy raro, que yo sólo quería encontrar a mi tutor Cobalto y  ahora me encontraba allí, con ella, tirando a la basura mi futuro y el de todas mis generaciones.

 Trude asintió echando el humo mientras murmuraba un “Ya veo” que yo sentí como comprensivo y estuve a punto de abrazarla, pero ella me detuvo con la mirada y soltó por su boca ; “Ya veo que eres un  niñato mimado que sólo se preocupa de su bienestar y que es incapaz de agradecer nada”. Y dicho esto, escupió en el suelo con rabia y asco,  tirando el cigarrillo y pisándolo con la punta de la boca, mientras su pelo se revolvía en una furia amarillenta.

 

 

 Entró  entonces Gato envuelto en prisas arrebatadas . Nos dijo( casi sin aliento y  echando  cosas a un bolso); “Debemos irnos  ya ¡ Rápido ! Han avisado  de que en el Más Allá han detectado la señal del teletransporte y han dado con nosotros. Coged los clips digitales de memoria de las computadoras y yo desactivaré el sistema central . No tenemos tiempo que perder ¡ Vamos!“.

 Así que hago lo que puedo y sé por ayudar, y me llevo los clips  de las computadoras que hace que se apaguen las pantallas al aire,  y  los guardo como puedo en una bolsa que me ha lanzado Gato, mientras ellos  hablan entrecortados de cosas y de nombres que no conozco y recogen objetos por entre las mesas, aprietan botones, nerviosos, y la luz que cegaba la sala va perdiendo intensidad, hasta dejarla casi a oscuras, sólo iluminada por botones y pilotos rojos, verdes, azules.

 Al salir , una corriente de frío me sacude la cara , y el pelo cobrizo con chispazos naranjas de Trude parece volar. Lo que al principio creo que es un  túnel es una pista de despegue  que escondía la penumbra. Al fondo, de donde viene el aire helado, un pequeño círculo de luz nos ilumina  para llegar a las motos-delta, aparcadas en huecos verticales de la pared marcados con luces verdes. Ellos bajan cada uno una. Yo también.

 Mientras que los miro para imitar lo que ellos hacen, trato de recordar desde que año  es penalización máxima volar entre los edificios , desde que año están prohibidas las motos-delta, su fabricación y uso. Muchos accidentes, dijeron esa vez…….

 

 

 Gato se acaricia los clavos del cráneo hasta dejarlos en horizontal y así se coloca el casco, que parece muy usado, la visera de cristal hasta la boca enmarcan su rostro entre la dureza y la concentración. Trude se hace un nudo tan efectivo que su gran mata de pelo parece reducirse a un mínimo amarillo manchado de marrón .Cuando levanta los brazos para ponerse el casco, me fijo en algo inquietante y raro. Más aún porque después de bastantes minutos con ella, es ahora cuando lo veo ; Trude no tiene pechos. Pero cuando digo no tiene no es que diga muy pequeñitos, casi imperceptibles; es que es totalmente plana, casi diría más que yo. Ella me mete prisa para que me incruste  el casco y Gato dice que lo siga a él y que lleve cuidado con las paredes de los edificios de cristal; si no se calcula bien la distancia, es  fácil que se puedan rozar con las alas de la moto-delta y acabar cayendo en picado. Me dice que controle la temperatura en los marcadores de los propulsores, que se pueden saturar.

 Gato enciende los propulsores de su moto delta y  esta se eleva por encima del suelo, mientras nuestro alrededor se ilumina en un rojo ardiente que calienta nuestros pies y remueve el polvo del suelo. Se coloca  bajo el triángulo gris plateado que  marcan las alas y lo apunta hacia la luz, los brazos abiertos cogiendo los mandos, su cuerpo agazapado en la maquinaria de la moto “ No dejéis más de cincuenta metros de separación”, nos dice, y me doy cuenta de que debo sincerarme, que o lo digo ahora o será demasiado tarde.

 Así que lo digo: “ No tengo ni puta idea de cómo funciona esto. “

 Los dos me miran estupefactos.

 “¡ No me miréis así!” les replico , “ Es la primera vez que  veo una motodelta en mi vida “ y Trude dice “ Pues no tardes mucho en aprender, porque no tenemos tiempo para prácticas. La otra opción es esperar a los del Más Allá , pero si quieres un consejo, yo no lo haría”, y se agazapa en su moto mientras coge el ala triangular  y acelera los propulsores.  Con el casco y torpón, también enciendo la moto que se eleva en un rugido tembloroso, me sujeto el ala que me hace abrir y tensar los brazos en forma de arco.

 “¿Preparado?” pregunta Gato y cuando voy a preguntarle donde se frena o como se aterriza, sale disparado como un disparo, y Trude, me mira, me guía con la cabeza, y sigue su estela que remueve el aire en un remolino de polvo  recortando la luz del final del túnel.

 Efectivamente; no me va a  quedar más remedio que aprender a volar.

 

 

3. ATLAS SOSTIENE

Yo asiento con la cabeza sin comprender nada mientras me enrosca un tubo metálico alrededor  del cuello, exacto al que lleva él, frío, con una pantallita en la que brillan unos números digitales verdes.

 Me dice “ Agárrate  fuerte”, y eso hago, rodeo su cintura con mis brazos y pongo mi cabeza en su cuello, sin creerme mucho que podamos salir vivos de allí. Gato huele bien, como a canela ahumada . Si voy a morir, me alegro de que sea oliendo a su piel, piel viva y no a la piel chamuscada de cadáver . Y de pronto, a una velocidad imposible de describir,  nos absorbe un agujero que se convierte  en un túnel negro  y estrecho y es como si un organismo gigante nos estuviese digiriendo, y vamos tan rápido que el viento me cierra los párpados, y me agarro más fuerte, y ya no se oyen los gritos ni el zumbido, sólo el sonido de la velocidad . Gato me tiene cogido por la cintura y me aprieta más, mucho más y su olor a canela ahumada se me mete en los pulmones, se mezcla con mi sangre, me pasa al cerebro, me alivia del mareo que me está empezando a provocar el tornado en el que estamos viajando. Quizás por el olor, puede que por el abrazo, no sé, pero siento en esos momentos una intimidad con Gato extraña y dulce.

No sé decir cuanto tiempo pasa, pero parecen horas tratando de que no se me escape Gato, aprentando tanto que seguro que le hecho daño.

  ¡¡¡ Bauuuuuummmmmmmmmmmmm !!

 Nos paramos en seco al chocar con tierra firme. 

Hemos caído brutalmente a un suelo que no puedo ver; de tanta luz que lo ilumina todo, parece que se quemaran hasta los parpados. Diossssssssssss….. Mis músculos entran en un esssssspasmo continuo, con la violencia rítttttttttttmica de las sacudidas de un electrocutatatatatatatatado, los huesos me duellllllllllllen como si no me quedara ni uno entero, los dientes me castañean salvajejejejejejejejejees

( tactactactactactactactac), tanto que no me dejan ni tomar aire y apenas puedo abrir los ojos de tanta luz que me rororororororodea .No siento cerca a Gato, lo pepepepeperdí en la caída, pero una una sombra que se acerca con algo en la mamamamamamano . Noto un pinchazo  en el cucucucucuello. Se detiene al instante el cataclismo que me sacude el  cuerpo.

 Y es entonces cuando por fin puedo respirar.

Sombras borrosas alrededor. Las mandíbulas…Ay…… Es como si se hubiesen roto en astillas….No sabía que podían doler tanto…E increíble que no me haya mordido y tragado la lengua… Me levantaría pero es como si la aguja hubiese pinchado un globo dentro de mí y me estuviese desinflando…...No tengo fuerzas …Apenas puedo reconocer quien está a mi lado….El sueño  viene pesado y acogedor……

 

 

 

 Recuerdo abrir los ojos suavemente, mecido por una modorra con sabor dulce  sin forma concreta, sin extrañar el lugar extraño en el que  me despertaba, pero con la lengua rasposa y la sensación de haber tragado  kilos y kilos de arena. Noté pegada a la cara, en las manos y en el cuerpo la textura de la silicona líquida del colchón en el que estaba tumbado  Al fondo distinguí el cráneo sembrado de clavos de Gato, trasteando no sequé en una mesa. Durante un rato, no sabría decir el tiempo, lo observé en su concentración silenciosa que lo hacía aún más un tipo raro y opaco, porque una sombra extraña le enmarcaba la mirada.  La habitación estaba poblada de aparatos, teclados, cientos de pantallas al aire encendidas que  iluminaban la atmósfera de la habitación hasta casi hacerlo incandescente, un desorden monumental que hacía pesado hasta recorrerlo con la mirada.

Gato me descubrió con los ojos abiertos y dijo :

 - Por fin se despertó la Bella durmiente…. –( ese tono sarnoso al pronunciar  “Bella durmiente”, tan típico suyo, me sacaba de mis casillas)- Será mejor que bebas el líquido que tienes al lado; la deshidratación es tan bestia  que puede matarte.

 Bebí, no por hacerle caso , sino porque me moría de sed y  porque aquel liquido lechoso no sabía mal,  después de todo. Gato mantenía la distancia y la concentración hasta tal punto que ni había levantado la vista para hablarme.

  -Ahora  tengo que  hacerte unas preguntas mientras tu contestas delante de esa cámara que nos dirá si dices la verdad  -(  la desgana le mojaba  las palabras)- Así que pórtate bien, sé un buen chico y colabora todo lo que puedas.

-¿Y cuando podré hacer preguntas yo?- protesté mientras me incorporaba a trompicones-  Ni siquiera sé donde estoy, ni siquiera sé para qué me has traído…… Ni siquiera sé que le está pasando a mi vida en las últimas veinticuatro horas….

- Si por mí fuera ahora mismo yacerías frito en un vagón, así que no creo que estés en disposición de exigir mucho.

 Había dejado  lo que estaba haciendo y se sentó frente a una pantalla de imágenes al aire, mientras ajustaba los mandos en la pantalla táctil, moviendo las manos como quien dirige una orquesta invisible, como si yo no si existiese, incómodo y esquivo con mi presencia. En las imágenes al aire enseguida   pude verme a mí mismo como una silueta de colores de fuego que variaba según hablara o me quedara callado.

 - No entiendo nada….¿ Y entonces por qué me has salvado?

 Detrás de la pantalla con mi silueta multicolor haciendo de parapeto, Gato, su voz. Ya no podía ver lo que hacía, sólo escucharlo.

- Ordenes, cumplía ordenes.

-¿ De quien?

- De quien va a ser…¿ No buscabas a Atlas?

- Ah vaya…..Ahora Atlas sí existe….¿ Y cómo supisteis donde encontrarme?

- Las preguntas las hago yo- para decirme esa frase por fin asomó la cabeza, clavándome la mirada   con  pupilas. Se le llenaron de rabia acusadora-No me fío ti, me parece que estas tramando algo….. De hecho, ya lo hiciste una vez, no sería tan raro…

 -  ¿ Eso me lo has notado en la cara o en lo bien que me está saliendo el plan?

- En cualquier caso, lo vamos a comprobar ahora mismo. Quédate ahí delante, sentado enfrente de la cámara. Quietecito.

-Nunca te he gustado y lo sé, pero te he dicho mil veces que yo no tuve nada que ver con   tus investigaciones , ni siquiera sabía en que estabas metido…..

 - Ese no es el tema ahora. Si de verdad quieres conocer a Atlas debes someterte al test. Tampoco tienes más opción, así que empecemos con el procedimiento habitual

¿ Código?

 Tenía razón, evidentemente tenía razón. No me quedaba nada , ni nadie, ni un lugar, sólo la esperanza de encontrar a Cobalto, ni siquiera el orgullo de negarme o la dignidad de levantarme para salir por la puerta. Por eso contesté:

-JJ-56/T

-¿ Generación?

-Evidentemente, tercera; eso es lo que significa la T ¿ O es que tu tutor  no te enseñó  nomenclatura?

-Son las preguntas de rigor, un formulismo…..Por cierto….. ¿ Sólo eres de tercera generación y ya has llegado a la CentralTres? Tú y tus antecesores debéis haber hecho muchos meritos…..

-Eres un cabrón.

-Es por esas cosas que te gusto ¿ No?

 A veces la manera en que llamamos a la gente es tan apropiada en tantos sentidos que produce asombro. Así era Gato conmigo, jugando con un ratón tontuelo y humillado que no podía defenderse. Yo nunca había visto de verdad a un ratón o a un gato, pero seguro que el ritual de caza en forma de juego era de la forma en que yo me sentía frente a la cámara; impotente y a la vez furioso, sin salida posible. Le hubiese dado una patada  a la cámara , a él, a todo. Quizás hubiese sido mejor quedarse en el vagón…..

Mi silueta de colores lisérgicos se movía como una llama mientras  números y formulas salpicaban la esquina derecha de la pantalla al aire a ritmo vertiginoso.

  - ¿ Por qué quieres conocer a Atlas?

 - Porque dicen que es el que más sabe de desaparecidos, el que mejor acceso tiene a la información del MÁS ALLÁ…..Porque seguramente sería el único que estaría dispuesto a ayudarme.

 - ¿ A cambio de nada?

-A cambio de nada, no. Tengo algo que seguro le podría interesar.

- Oh vaya….Así que tienes una sorpresita escondida en la manga….Para no tenerlo preparado, lo tienes todo bien pensado ¿ No?

-  ¿ Y estas cosas por qué no se las cuento a Atlas y tú dejas de joderme?

- Ya te lo he dicho. He de asegurarme que eres de fiar antes de ver a Atlas. Además, te repito que  no tienes más opciones.

 - ¿ Qué no? Puedo irme.

 - Inténtalo.

 -Intenta tú  detenerme si puedes. Ya estoy harto.

 Y eso hice. Salté  con decisión de la camilla de silicona líquida en la que había estado sentado, con la intención de encontrar una salida , aunque, tonto de mí, ni siquiera me había molestado en descubrirla.

 La sala era más grande de lo que parecía desde la camilla, más caótica y laberíntica. Tuve que esquivar máquinas, mesas, pantallas al aire, como un gilipollas tropecé varias veces, porque las piernas aún me temblaban y todavía no había recuperado el equilibrio del todo, y la luz, esa luz tan intensa que no dejaba ver nada, también tuvo la culpa . La huída  tenía más de patética que de heroica, y hasta me pareció escuchar a Gato riéndose de fondo. Menudo cabrón.

 Pero entre los armarios metálicos con aparatos que emitían destellos, lucecitas y sonidos rítmicamente electrónicos, en una esquina, descubrí por fin algo parecido a una salida, y pensé que el que se reiría entonces sería yo. Aligeré el paso, con las ansias que me daban las ganas  de perder de vista  aquel sitio y a Gato de una puta vez . Sin pensarlo dos veces apreté el botón rojo de la pared para que se abriera lo que parecía una compuerta; tuve suerte porque al menos no tenía código y rápidamente adelanté un pie…..Pero no había ningún sitio donde ponerlo, porque tras el umbral no había  nada. Cuando digo nada, es la nada más absoluta. No hablo de “silencio” o de “oscuridad”, hablo de  NADA, con toda la dificultad que tiene ese termino para poder ser descrito. Sin embargo de eso me di cuenta demasiado tarde, cuando al cruzar  sentí un vacío que me arrastraba y caí . A duras penas pude agarrarme al quicio de la compuerta. Mi grito de angustia ni siquiera tuvo eco. Las piernas me colgaban, el corazón se me quería escapar por la garganta.

 Volví a gritar, y por mucho que intenté subir yo no era un superhombre, no llegaba ni a acercarme al umbral y mis dedos parecía incapaces de aguantar todo el peso del cuerpo, hasta que una sombra se interpuso entre la luz que salía de la sala y que  iluminaba apenas un metro de  nada.  Durante unos segundos interminables no supe si  Gato me cogería o me pisaría las manos para hacerme caer, mientras yo me aguantaba las ganas de pedirle ayuda. Sin embargo, me agarró del brazo y me ayudó a subir. Tuve que escalar por sus piernas y por su cuerpo, rozando su ropa con mi ropa mientras él también se incorporaba para hacerme subir. Nuestras caras quedaron a escasos centímetros y su aliento me rozaba las mejillas.

Otra vez sonreía de medio lado cuando me dijo, apretándome la mano:

-         Es la segunda vez que te salvo la vida hoy.

 

2. LOS GATOS VUELAN

 

 

Al llegar a la CentralTres la mañana siguiente, tuve otra vez la certeza, signo evidente de que la situación estaba empeorando cada vez más, por mucho que quisiera negármelo a mí mismo tapándome los ojos con una venda en la que se podía leer el lema “No pasa nada” por dentro; si otras veces había funcionado , esta vez también.

 

 Fue R-75*S  quien me lo anunció antes de llegar a mi espacio, cuando me lo crucé en el pasillo. A R-75*S lo conocíamos en la Sección Delta del piso trescientos sesenta y seis de la CentralTres como Gato, porque había sobrevivido a una investigación y a varios tutores que lo denunciaron. Tres vidas. Le quedaban cuatro.

  Pese a haber salido indemne ( aunque  nunca se podía jurar) yo sospechaba y muchos sospechábamos que seguía en líos activistas de terrorismo de información. Eso si no lo habían convertido en un espía , en un puto chivato. Porque Gato era de las personas inquietantes que no sabías nunca hacia donde iban sus pasos, si se estaba burlado o hablaba en serio, si le caías bien o como el culo, si te estaba ayudando o pegando una puñalada.

 A  mi saludo frío contestó  con un gesto burlón de boca torcida, perdonavidas y sarcástico; los metales en forma de triángulo que llevaba incrustados bajo la piel de su  cara se movían como seres vivos. Los clavos en espiral del craneo le daban un aire amenazador y cómico.

 - ¿Has sido un niño malo?  Porque para que la gente del MÁS ALLÁ registre tu mesa y tu despacho con la es-cru-pu-lo-si-dad  con la que lo han hecho, es que estas metido en un lío muy gordo. Yo de ti me asustaría …..

 Aligeré  y lo dejé mascullando alguna maldad atrás, en un pasillo que no se acababa nunca porque parecía haberse trasmutado  interminable . Al ir acercándome al hueco de la puerta, fui viendo en la cámara lenta  que dan los pasos desacelerados, la prueba de que Gato no mentía; como todo estaba revuelto,  los cajones abiertos, la pantalla encendida.

Y me asusté, caí abatido en el sillón , con los hombros cargados de toda una noche sin sueño .

  Porque esa noche no había podido  dormir.

 Temores y pesadillas más reales que las de los sueños  se apretujaban en la espuma de la cama, hasta  que parecían asfixiarme, y entonces me levantaba inquieto, no recuerdo cuantas veces y llamaba a su teléfono que me devolvía un robótico “este número no existe”.  Los ojos de Cobalto me perseguían, me atormentaban, porque lo que por la tarde era un simple chispazo, a esas horas de la madrugada era una losa de piedra que no me dejaba respirar; me había dado cuenta de que Cobalto era alguien muy importante para mí ….pero lo más probable, quizás, seguramente…. demasiado tarde. Y entonces apartaba los malos pensamientos como quien cree que se cambia la realidad de las cosas, diciéndome;  bah ,  será una equivocación y el Miércoles lo volveré a ver ….. En uno de los  paseos insomnes,   me acerqué al pantalón en el suelo y saqué aquella barrita brillante y metálica que Cobalto me había dado ¿ Qué podría ser? ¿ Para que podría servir? ¿Por qué parecía tan importante? ¿Dónde podía esconderla?

 

 

 Tenía gracia. Si me hubiesen parado en uno de los seis controles de seguridad que atravesaba antes de llegar a la CentralTres , se hubiesen ahorrado el registro , porque lo llevaba en el bolsillo; desde que salí de mi habitación, lo había llevado todo el tiempo en el bolsillo , a ver si mientras se me ocurría un lugar idóneo.  Me sonreía pensando en lo irónico de todo cuando la jefa de sección apareció por la puerta, y después de un tímido y distante saludo me dijo ( mirando al suelo) que había sido dado de baja y que no me incorporaría hasta nueva orden. Por mi seguridad.

 

 

 Menuda zorra. En tres años no la había visto en un tímido acercamiento a una sonrisa, o sea, que no podía esperar otra cosa sino frío y desde lejos.

Debí haberlo supuesto si no me hubiese empeñado tanto en que “no pasaba nada”. Pensé en recoger mis cosas pero recoger qué. Pensé en preguntarle algo a la jefa  de sección pero para qué. Pensé en buscar a alguna persona de confianza que me pudiese ayudar, pero esa persona era Cobalto . Pensé en gritarles a todos, pensé en correr hacia el cristal del fondo,  romper la mampara y saltar al vacío gris densísimo de la atmósfera pesada que rodeaba la CentralTres. Pero recuerden; soy un  gran cobarde ; estoy aquí para contarlo.

 

 

 

  Los acontecimientos se estaban acelerando de tal modo que hubiese sido de tontos no suponer que en cuestión de  horas  vendrían a por mí. Estaba la posibilidad de Gato y desde arriba de los separadores de cubículos, lo vi en su rincón, con la luz de la pantalla reflejada en la piel de la cara, los clavos parecían brillar. Si mis posibilidades ya eran casi nulas, con él no tenía nada que perder, así que me acerqué,  con el rabo escondido pero sabiendo las palabras necesarias; cuando la oportunidad es pequeña hay que  arriesgarlo todo. Me acerqué por detrás y le dije:

 - Hay gente que comenta que puedes encontrar a desaparecidos.

 Se volvió con un gesto muy enfadado para cogerme de la muñeca y escupirme en susurros las siguientes palabras “ ¿ A qué cojones juegas? ¿ Quieres que nos eliminen a los dos o qué? “

 -Me da igual todo. Necesito encontrar a alguien como sea y    dicen que conoces a la persona que me puede ayudar.

 -Y quien coño es esa persona?” ( su gesto era de no creerse nada, mientras miraba para todos lados muy nervioso)

  -Atlas-dije yo, y aquel nombre sonó como un mazazo en una mesa de cristal. Soltó una carcajada de cómico de feria.

 -Tú estas loco o te han desprogramado fatal. Déjame tranquilo, anda.

 Me quedé en silencio , pasmarote que lo miraba diciendo con los ojos “por favor”.

 -¡ He dicho que te largues de una puta vez o llamaré a seguridad!

 Última oportunidad perdida.

 

 

 

Utilizando la lógica que usaban los del MÁS ALLÁ, seguramente la vivienda

   deasignacióngubernamental “, donde había pasado los últimos años sobreviviendo, ya estaría registrada, así que lo mejor que podía hacer era regresar a ella porque tardarían un poco más en volver a visitarla, y esperar….hasta que me encontraran.

  Cogí el maletín electrónico por los recuerdos, no más, lo cerré torpemente por el temblor de las manos y salí del cubículo que me había visto los últimos cuatro años  intentar llegar a ser alguien más, más importante, más duradero,  con más futuro, tal como quería Cobalto, y qué más daba tanto esfuerzo y aburrimiento, tanto escuchar las vidas tristes y miserables de los demás durante horas para acabar eliminado vilmente; menuda mierda. Que asco todo.

 Por eso, pese a que sabía que no volvería jamás a la CentralTres, no dediqué ni un segundo a mirar atrás o a grabar visualmente los objetos y los espacios de la sección Delta. Me quedaban dos horas, cinco horas, veinticuatro horas quizás y quería aprovecharlas lo máximo, pero antes había que regresar a casa.

 

  Lo siguiente fue bajar a la estación del suburbano para deshacer el camino andado en la mañana en  que todo se jodió. En otro momento yo mismo me hubiese entregado, pero la mínima posibilidad de encontrarme otra vez cara a cara con los ojos de Cobalto tiraba de mí, me daba valor, fuerza en los pies; necesitaba decirle tantas cosas… Si antes había podido pasar por los controles  de seguridad sin problemas, a lo mejor también podía ahora; por intentarlo.

 En la fila del arco, antes de pasar al lado de los del MAS ALLÁ que pedían la acreditación pertinente, los perros metálicos husmeaban  todo, mientras el brillo de sus ojos de cristal mantenía el miedo en su nivel adecuado y justo, al borde de la piel.

Calma, calma, mucha calma ( me repetía): si mantengo la calma no me va  a pasar nada. Y así fue. Ni los perros, ni el arco, ni los del MAS ALLÁ parecieron notar nada. Una victoria. Je. Tan listos algunas veces pero no en esta ocasión. Je otra vez.

 

 Cincuenta segundos de espera y el suburbano entra en la estación, moviendo con su velocidad todo lo movible y leve. La gente gris, mirando al suelo, ordenada y educada en su educación, suben manteniendo las distancias observados desde lejos por los del MAS ALLÁ. Siempre he tenido la sensación de que si hay un infierno lleno de almas en pena, debe ser muy parecido al suburbano de mi ciudad, porque la gente parece más muerta, más asustada, más solitaria, más triste que arriba. Aunque siempre esté oscuro, arriba no es igual; el cielo abierto, la mínima sensación de libertad lo cambia todo.

Encuentro un asiento vacío y parece que ya salimos cuando la máquina se para bruscamente. Se va la luz y el aire acondicionado. Pasan los minutos lentísimos. Empiezan a escucharse quejas y las respiraciones cada vez más fuertes y angustiadas son la única seguridad de que esté rodeado de gente. Se intuye que va  a  ocurrir algo.

 Pasa el tiempo arrastrándose y la atmósfera se hace tan irrespirable que casi  es imposible gastar oxigeno en pensar. En el vagón de al lado las protestas se convierten en gritos y la gente golpea las paredes del vagón; el eco se reproduce por el túnel y da la sensación de que se hundirá la estación entera, porque el ruido se hace tan  insoportable, tan ensordecedor, que parece que los oídos fueran a estallar .

 De pronto, unas luces arrebatadas bajan por las escaleras , en fila de dos, bailando  torpemente una  coreografía que ilumina a ráfagas la estación; parece un escuadrón armado del MAS ALLÁ; todo tiene una mala pinta terrible.

 Se dirigen al vagón de las protestas y con lo que parece una llave maestra abren la puerta. En mi vagón nos apretujamos pegados a los cristales empañados, aguantando el aliento, sin hacer mucho ruido, con miedo a que nos oigan, observando todo lo que va a suceder. Entran de dos en dos en el vagón de al lado y disparan un rayo azul eléctrico que hace desaparecer de un fogonazo a todo el que toca; apenas les da tiempo a gritar, pero gritan, con unos gritos que agujerean la carne hasta lo más profundo, porque son como cuchillos que cortan la piel y se instalan dentro, y hacen daño al escucharlos, y su sonido se queda grabado en la memoria y sé que no podré olvidarlos aunque pasen siglos.

 

 Las caras, iluminadas por los fogonazos , son  como un desfile de mascaras del horror A mi lado la gente deja escapar sonidos de asombro a cada fogonazo y hay una mujer que no ha podido evitar romper en un llanto desesperado. Se oye un Dios mío y alguien grita que los siguientes seremos nosotros, que los del MAS ALLÁ nunca dejan testigos. Más gritos, menos aire, más sudor que se mete en los ojos e impide ver lo poco que las luces de al lado dejan ver. Más pánico que hace que alguien intente romper un cristal para escapar, como si fuese posible. Por las rendijas del vagón se cuela el olor a carne quemada y chamuscada; también el olor es de los que no se olvidan jamás.

 Acaban limpia y rápidamente con todo el vagón de al lado; debían ser unas cuarenta personas. Ni siquiera les pidieron la  acreditación.

 Vuelven a salir en calma al suelo de la estación,  forman una fila de dos y se dirigen a nuestro vagón; la gente grita angustiada. Noto en la penumbra que algunos se abrazan entre ellos, aunque sean desconocidos. De nuevo alguien de la patrulla se adelanta y conseguimos ver su coraza, la cara tapada con una mascara verde oscura; la luz que emite el casco ilumina la escena que está sucediendo y  nos permite ver que saca la llave maestra . El aire del vagón se queda suspendido en un silencio atroz de olor a carne chamuscada .

 Se abre la puerta. La gente corre a los  extremos del vagón y se apretuja angustiada. Dos tipos tratan de escapar  por entre los del MAS ALLA , en un gesto tan tonto como desesperado y el rayo azul los hace desaparecer. Algunos se tiran al suelo. Otros se esconden tras los parapetos de publicidad gubernamental , con frases como “Entre todas las sonrisas hacemos esta sociedad”. Hijoputas.

 Yo hace unos segundos que estoy agachado entre los asientos y escucho los gritos y el zumbido del rayo azul, esperando a mi suerte con una resignación que hasta a mí me extraña, aunque eso no quite para que los temblores sean como un terremoto que casi me sacan el corazón del pecho  ¿ Cómo será eso de morir?

 Cierro los ojos cuando ya creo que va a llegar mi turno . Aprieto los dientes. Entonces escucho una voz a mi lado en el suelo, una voz familiar.

 - ¿ Sigues interesado en encontrar a Atlas?

¡ Es Gato!

¿ Qué coño hace aquí?

¿ Cómo demonios ha llegado?

 -Bueno, no tenemos mucho tiempo ¿ Te vienes o qué?

1 LOS OJOS DE COBALTO

 

                                  25 DE ABRIL MIERCOLES

 

    La vida cambia brutalmente y muchas veces no somos capaces ni de imaginarlo, ni de atisbarlo un poquito, porque lo que te imaginas se queda corto, nunca alcanza. A posteriori las señales parecen evidentes,  claras, de una transparencia que nos asombra, pero en el momento en que ocurren volvemos a cometer el error que cometemos una vez  y de nuevo; no saberlas leer.

 Yo tampoco supe leerlas  aquel Miercoles en  que la vida me tenía preparado otro camino tan distinto al que yo esperaba para mí mismo. Y ahora parecen tan evidentes, tan sólidas, pero entonces no.

 

 

 

 

 

 

 

  Cobalto apareció después de mí, algo rarísimo porque después de tres años viéndonos todos los Miercoles a las ocho de la tarde, esa fue la primera vez que llegó tarde. Supongo que  estaba tan orgulloso admirando  mi rara y escasa puntualidad,  que no supe que no sólo llegaba tarde, sino que ni siquiera llevaba encima la calma que lo caracterizaba  y además iba como a  medio vestir, con la ropa arrugada y mal puesta, mirando a un lado y a otro, temeroso. Sin embargo, lo que más recuerdo de aquel Miercoles son sus ojos; brillaban con una luz inquieta e infinita, y tenían ese punto que sólo los locos tienen, huidizo, tierno, aterrado , nervioso y  a la vez, con una especie de certeza que dice que saben algo que tú no sabes, que han visto cosas que tú jamás verás porque han estado en el otro lado.

 Cobalto no era guapo, pero tenía la madurez de las respuestas para todo y  una curiosa y simpática compresión hacia la realidad que lo  rodeaba; eso le daba un atractivo muy característico y particular. Nunca lo deseé ( y si lo hice, no era consciente) ni hice nada por acostarme con él,  aunque reconoceré que su compañía era un bálsamo maravilloso y la cita semanal de los Miercoles se me hacía corta. Y pensar lo difícil que se lo puse al principio, con lo cabrón que puedo llegar a ser….Pobre…..

 

 

  Tuve suerte. Tutores como él, por lo que yo sabía,  eran muy muy escasos. Nunca me denunció, nunca quiso convencerme por las malas, nunca discutió mis arrebatos peligrosos que lo ponían en una situación bastante difícil ni se planteo jamás reprogramarme. Paciencia y calma, parecía ser su lema.

 En la  CentralTres los compañeros contaba cosas terribles y nada alentadoras; tutores obsesivos que hacían la vida imposible a sus preparados, denuncias y desapariciones instantáneas, abusos mentales y  vaciados psicológicos. Un día se llevaron a B-45/N. No es que me supiera su  nomenclatura, pero después de que vinieron a llevárselo, todos los compañeros de planta hacíamos lo imposible por pasar por delante de su cubículo, vacío, tal como lo dejó, un día, y otro, mirando el espacio hueco como si un maleficio hubiese ocurrido allí, desde la distancia, sin comentarlo entre nosotros. Sin embargo,  estoy seguro de que ellos, como yo, acabaron aprendiéndose su nomenclatura a fuerza de pasar por su puerta.

 

 

 

 Los ojos de Cobalto ya me hablaban pero yo no quería escuchar , no sabía leer en sus pupilas, cuando cogió la silla del otro extremo de la mesa y la puso a mi lado, cuando se sentó y me cogió la mano, cuando me pidió silencio con el dedo índice al ver mi cara de sorpresa. Nos vigilaban, siempre nos vigilaban y ese cambio en el protocolo podía salirme caro a mí, pero sobre todo a él.

  -¿ Nunca has querido escapar?-fue lo que me preguntó, lo primero que dijo, con un tono de aliento desesperado y subterráneo que me hizo sentir aún más confundido.

 -¿ Escapar de qué? ¿ A qué te refieres?

 - Escapar de esta mierda, dejarlo todo

 -Tú más que nadie sabes perfectamente que sí, pero…¿ A qué viene todo esto? No entiendo nada….

 -Escucha atentamente lo que voy a decirte- contestó mientras me apretaba la mano aún más, pasándome un objeto cúbico de tacto metálico y frío para que lo cogiera por debajo, buscando con su gesto la complicidad del disimulo y el silencio. La teoría de que la escena que estábamos representando era una broma se desbarataba a cada frase de la conversación.

-Guarda muy bien esto que te doy .

-¿ Qué lo guarde? ¿ Donde? ¿ Y qué es?

No puedo decirte nada más; créeme  que lo hago por tu bien. Eres mi última oportunidad  y quizás estoy siendo injusto y egoísta contigo, pero espero que algún día me entiendas.

-Oye, estoy empezando a preocuparme en serio, así que será mejor que me digas que coño pasa de una puta vez.

 Como en una ráfaga, su expresión pasó del puro desencaje a un toque de dulzura

( tierno) , cambiando los ojos de loco por ojos de niño, pidiéndome atención me pareció entonces, de pronto, un tío guapísimo, con un aura especial y brillante que seguramente sólo tienen los héroes o los valientes  Casi dejó escapar una sonrisa desencantada, mientras me decía:

 -¿ Sabes? Estos días he estado pensando mucho, en millones de cosas. He mirado a mi vida y me he dado cuenta de que he perdido el tiempo, he tirado todos los días a la puta basura, pero tú no, tú aún puedes evitarlo.

 -No te entiendo….

 -Déjame que siga. Tenemos muy poco tiempo y debo decirte algo importante; es posible escapar; yo lo he hecho y tú debes intentarlo, porque te aseguro que merece la pena y que ya nada es igual. Hay gente que podrá ayudarte en el camino, pero no debo decir sus nombres o los pondría en peligro; tendrás que descubrirlos tú”

 Sonó un pitido que se repitió como en eco.

-Es mi localizador-fue lo que dijo mientras apagaba un aparatito que sacó del bolsillo, volviendo a la cara de preocupación-Me han descubierto, será mejor que te vayas. Y si te preguntan recuerda; no saben nada porque no han escuchado nada de esta conversación; he desconectado la vigilancia.

 Sus manos cálidas parecían en ese momento arder. El flequillo largo y revuelto, los ojos que volvían a la sombra turbia de donde salieron, el gesto asustado y contraído de quien intuye un peligro inminente, una sombra que le daba a su rostro un matiz especial y diferente.

Me empujó para que me levantase de la silla.

 Quería decirle tantas cosas, hacerle infinidad de preguntas que se aturullaban inconexas en mi cabeza y que no tuvieron posibilidad de salir, mostrarle mi apoyo a su angustia que de alguna manera había conseguido trasmitirme,  ser su calmante frente al dolor , y sin embargo….

 Sin embargo sólo pude balbucear un pueril “Pero yo…” al que el no dio tregua  con un  “¡Vete ya, joder!” en ultimatum, agresivo. Así que apreté su mano y me levanté, intentando encontrar tras mi mirada  interrogante una respuesta en sus pupilas, pero agachó la cabeza y movió la silla para ponerse de espaldas a mí. Un calambre de miedo me recorría las piernas y el cuerpo y casi me hacía  andar sin yo quererlo. Puedo contarlo de mil maneras y no obstante lo cierto es que me fui  porque soy un puto cobarde.

 

 

 Maldigo a cada minuto el momento en que decidí irme, porque el pasado no se puede cambiar, pero eso no me calma la zozobra que desde ese día siento, la ceguera de no haber sabido leer las señales, el hecho  que se estaba consumando y del que esa noche fui consciente cuando ya estaba yendo de un extremo a otro de la  cama como una pelota de tenis, bien entrada la madrugada, atado por los nudos  que de la barriga hasta la garganta me habían nacido y que no me dejaban descansar. Así que, al recibir la llamada desde EL MÁS ALLÁ ni me inmuté, ni me asusté ni nada, porque de hecho, en el fondo, la estaba esperando, pero no de ese modo, diciendo:“Le comunicamos que a partir de la próxima semana tendrá asignado un nuevo tutor “

  -¿¡ Qué significa  eso??! Todo va bien con él y ustedes mismos podrán notar los resultados – traté de parecer enérgico aunque me estuviese consumiendo el miedo- No pienso cambiar si no me dan razones convincentes.

 -Será mejor que a partir de ahora colabore. Debe saber que está usted siendo investigado y en próximos días será llamado a consulta. Ni que decir tiene que cualquier gesto de resistencia puede complicarle mucho las cosas.

 

 

 Si las  palabras al otro lado del auricular  hubiesen llevado música, sonarían a réquiem, pero eran más las ganas de saber, los remordimientos y el miedo por Cobalto que los peligros que sobre mí  parecían sobrevalorar como aves de mal presagio.

 - ¿¿ Donde está mi antiguo tutor?? ¿¿ Qué ha pasado con él??

 - Esa es una información que no podemos darle. Por su seguridad.

Con esa frase ya sabía que jamás volvería a ver a Cobalto.

 

 

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